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Etiquetas:   La tercera puerta   -   Sección:   Opinión

El discurso del olor

Xabier López de Armentia
Opinión
miércoles, 23 de enero de 2008, 08:24 h (CET)
Lo que huele a vasco huele a terrorismo. El olor como tal es un producto de nuestros sentidos y por tanto una sensación abstracta carente de matices físicos que no sean los dictados por mensajeros del ayer, padres del pasado o evocadores de realidades. El olor de realidades es corrompible por la lógica de los discursos, discursos que crean realidades lingüísticas a partir de las cuales nos basamos y cimentamos nuestro edificio ideológico.

Vivimos en un mundo donde se nos dice lo que es y lo que no es, aquello que nuestros sentidos perciben. Un mundo masticado al servicio de un discurso, el discurso del poder. Un mundo de segunda mano.

Este lenguaje normalizado desde 11-S nos trae consigo barbaries convertidas en actos de derecho. La Patriot Act o Guantánamo han pasado de ser una realidad impensable a finales de los 80, cuando por otra parte la violencia terrorista alcanzaba máximos históricos, a ser una situación normalizada y admitida por todos los llamados demócratas. La “cultura del miedo” campa a sus anchas por las sociedades modernas. Ese lenguaje retorcido encauzado bajo la premisa del “o con nosotros o contra nosotros”.

No hace falta ir muy lejos para atisbar el recorte de libertades y los enjuiciamientos por ese discurso basado en el olor que desprende el terrorismo. En Euskal Herria miles de colectivos se ven enjuiciados, señalados y cortados de libertad por la sensación abstracta del olor. Olor alimentado por el discurso del miedo. Miedo a que puedan ser aunque no lo sean.

Una sociedad, la vasca, contempla como por el hecho de ser abertzale, independentista o de izquierdas eres presunto terrorista. Criminalizadas todas las acciones nacionalistas y denunciados todos los intentos de separación de un Estado que muchos no creemos el nuestro somos impregnados automáticamente con ese olor.

Esta sin razón pasa por querer enjuiciar al Lehendakari por hablar, por dialogar o por querer consultar a la ciudadanía vasca sobre su autogobierno. El olor recorre las calles más rápido que las palabras y mucho más que los hechos. La sensación de ahogo es latente en todos los que respiramos este lenguaje criminalizador y dictatorial al servicio de la mal llamada “lucha por la democracia y la paz”.

Todos marchamos etiquetados por el camino que nos marcado, bajo nuestros pies una delgada línea marcada con tiza sobre el suelo, de la cual si nos salimos dejaremos de ser inocentes y seremos terroristas. Marcados con las etiquetas herejes sólo están esperando a reconocer ese olor imaginario que desprende la lógica de su discurso.

Miles de personas han sido abducidas por ese discurso recalcitrante y retrogrado que ahoga las libertades individuales y colectivas. Los intentos por ilegalizar HB en la década de los noventa recibieron un amplio rechazo tanto estatal como europeo, recibiendo el espaldarazo de los tribunales. En 1995 el Tribunal Constitucional pronunció las siguientes palabras: “la manifestación pública, en términos de elogio o exaltación, de un apoyo o solidaridad moral o ideológica con determinadas acciones delictivas no puede ser confundida con tales actividades” STC 42/95. Editoriales firmados por Pedro J. Ramírez que cuestionaban el cierre del periódico Egin señalando que “sólo delinquen las personas, no las rotativas”, son sólo algunos de los miles de ejemplos que nos demuestran que el discurso ha cambiado, que la libertad esta más cerca de dejar de serlo, y que la democracia pronto instaurará, si no lo ha hecho ya, una dictadura de los poderes fácticos.

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