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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

La utopía de la progresía

Roberto Esteban Duque
Redacción
lunes, 21 de enero de 2008, 06:28 h (CET)
“Laicidad, manifestaciones religiosas e instituciones públicas” es el informe que ha presentado la Fundación Alternativas, afín al PSOE, auspiciada, entre otros, por el expresidente González y Zapatero. En el citado informe se propone la aprobación de dos leyes que reducirían la religión a la mínima expresión en la esfera pública. Se trataría de eliminar la presencia de signos religiosos en centros públicos y limitar la participación de los cargos públicos en ceremonias religiosas, porque es algo que “vulnera el principio de laicidad”.

Esta tropa deforme no reconoce el carácter público de la religión, pretende vivir de espaldas a los planteamientos de las instituciones religiosas hasta negar su intervención en la vida socio-política. Esta progresía herética desprecia los signos religiosos cristianos, afirmando que el crucifijo en las aulas es “una reminiscencia histórica en vías de extinción”. Oigan ustedes: no participen en ningún acto religioso, nadie les obliga. Pero no exijan eliminar ni postergar la religión del ámbito público, porque la religión es una cuestión pública.

La prole más progre no comprende que la religión es un hecho social público. ¿Cómo sueña la progresía privatizar la religión? Ya nadie es capaz de pensar de esta manera, si exceptuamos el laicismo instalado en las entrañas del socialismo español, donde la caterva atea alcanza un grado de iluminación y estulticia inusitada.

La densidad institucional de la Iglesia católica y otras confesiones religiosas, los millones de miembros que forman parte de ellas las convierten en elementos fundamentales de la esfera pública de la sociedad civil y en un interlocutor estable de los Estados.

El laicismo de la turba progre representa la muerte espiritual del alma, la muerte de cualquier cultura viva. La Iglesia católica en España no debe hacer frente a semejante laicismo, porque sólo busca la confrontación, debilitar y destruir una Iglesia siempre fuerte, ya que su grandeza viene de lo alto.

Los cristianos no buscamos imponer nuestra fe a nadie: sólo los cretinos denuncian la imposición de los valores religiosos y cristianos. Los cristianos pensamos que hay un orden de cosas evidenciable a la razón, que no exige traducción religiosa. Los cristianos argumentamos nuestras exigencias políticas y sociales no en nombre del cristianismo ni de la fe, sino en nombre de la razón. Y cuando defendemos la presencia del crucifijo en las aulas no lo hacemos en nombre de convicciones religiosas, sino en nombre del Derecho; ya que se pide respeto para los símbolos religiosos de nuestra cultura.

Por otro lado, se produce esa misma defensa igualmente en nombre del derecho de los padres, que está precisamente regulado en materia de educación por el Estado. Que el Estado haya asumido la ordenación de la escuela no significa que le esté permitido privar de sus derechos a los padres.

Nietzsche pensó en la muerte de Dios y proyectó la idea del superhombre para llenar el vacío que aquella dejó, como equivalente a la idea de Dios. La utopía del superhombre constituía el sucedáneo de la religión. ¿Cuál es la utopía de la progresía? Sólo la banalidad, la cultura del relativismo y del escepticismo. Se rechaza la trascendencia del hombre, todo aquello que tenga carácter vinculante. Se asume la antiutopía de un nihilismo banal, portador de una inacabada desesperanza.

El mundo religioso es el mundo real. Heráclito decía: “en el sueño cada cual posee su propio mundo. Al despertar tenemos un mundo único y común”. La propuesta neoprogre es invitar a la confusión de esos mundos, hacer del mundo real de lo religioso un cosmos ficticio, o limitarlo al sueño de cada uno. Tropa deforme: dejen para nosotros el sentido común; dejen en paz el mundo real de lo religioso si no quieren acercarse a él, y llévense el resentimiento y la idolatría al mundo de su propio sueño.

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