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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

La moda

Francisco Arias Solís
Redacción
sábado, 19 de enero de 2008, 04:43 h (CET)
“Todos quieren repicar
y andar en la procesión. Y todos farolear
cuando llega la ocasión.”


José Bergamín.

En España la moda tiene un papel excesivo. Y hay que agregar -y esto es esencial- que la moda hoy casi nunca es “desinteresada”, es decir, no es mera moda: lo económico está detrás de ella, sobre todo en arte, pero también en las demás formas de la cultura. Intereses de marchantes, editores, agentes literarios o artísticos, salas de espectáculos, etc., entran en juego con tan gran volumen y potencia económica, que alteran lo que podríamos llamar las “condiciones iniciales” de la competencia e influyen en la estimación y en la difusión.

Pero, a última hora, los intereses y su juego suelen ser públicos, pueden ser observados, se pueden hacer fácilmente ciertos descuentos, tienen que contar con la aceptación de los compradores o espectadores, y todo ello restablece -aunque sea precariamente- el equilibrio, o al menos muestra dónde está la raíz del desequilibrio.

Hay un fenómeno mucho más grave: la existencia de grupos -predominantemente políticos, aunque a veces con disfraz- dedicados íntegramente -full time- a la intriga. Cuando se está fuera de ella, no se imagina el rendimiento que esa actitud produce. La mayoría de los hombres tienen su vida privada y profesional: se enamoran, a veces se casan; tratan de encontrar un trabajo, a veces lo encuentran; se divierten cuando tienen un poco de tiempo libre y los salarios no están congelados; siguen, hasta donde su autenticidad y sus circunstancias se lo permiten, una vocación. Charlan con los amigos, discuten, leen, a veces piensan, llegan a tener opiniones sobre algunas cosas, y con más frecuencia dudas y perplejidades. Aunque tengan ambiciones o designios de cualquier tipo se entregan a estos temas de manera discontinua, ocasional y probablemente no muy eficaz. Sobre todo, cada uno lo hace por sí, sin conexiones sistemáticas, a lo sumo coincidencias fortuitas o simpatías y afinidades. Así se forja la traba de convivencia, cuyo resultado es esa realidad flexible, elástica, “inexacta”, en gran medida imprevisible, que llamamos una sociedad.

Imagínese, por el contrario, lo que significa la existencia de grandes -a veces enormes- organizaciones, compuestas de miles de individuos con fondos ilimitados, una coordinación estricta y un dedicación íntegra a un propósito coherente. ¿Por qué ejercen funciones directivas, en ciertas sociedades, personas oscuras, de méritos muy modestos o, en todo caso, desconocidos, repentinamente encumbradas, sin que exista una opinión pública que las respalde? ¿Por qué nos enteramos al mismo tiempo de que un hombre existe y de que nos va a dirigir en algún campo importante de la vida colectiva? ¿Por qué son de repente famosos -nacionalmente en unos casos, internacionalmente en otros, y no es indiferente- algunos escritores, algunos artistas cuyos méritos no son demasiado claros? Todavía más interesante, ¿por qué se hacen súbitamente famosos, a partir de un momento determinado, algunos que habían permanecido en la oscuridad muchos años, con una obra comparable a la que resulta después célebre?

Si se repasara con ojo atento y mirada abarcadora la historia de unos cuantos decenios, con buena memoria o datos a la vista, reparando en fechas y conexiones, en los momentos en que se lanzan al público “listas” de figuras ilustres, sorprendentemente homogéneas, en que “casualmente” ocupan puestos relevantes hombres de no mucho relieve pero de la misma filiación, se podría empezar a entender el funcionamiento de las sociedades contemporáneas.

Pero esta medalla tiene un reverso: la intriga no puede sustituir a la creación. Las figuras “inventadas”, “lanzadas” (o impuestas) no se sostienen por sí mismas. Abandonadas se hunden en el olvido, y antes en la indiferencia.

Yo diría que solo la creación prevalecerá. Una buena parte de las obras y personajes que llenan el escenario actual desaparecerán dentro de muy poco sin dejar huella, como ha ocurrido con una larga serie de promociones de los años pasados. Los beneficiarios de estos focos de popularidad, los que reciben la merced de tales “promociones”, a poco despiertos que sean conocen su destino. Algunos se apresuran a aprovechar las rentas y dividendos momentáneos, no pudiendo ocultar la amargura que le envuelve al saberse destinados a no quedar.

“No tengo prisa alguna -decía Ortega- porque se me dé la razón. La razón no es un tren que parte a hora fija. Prisa la tiene sólo el enfermo y el ambicioso”. El que es capaz de crear algo no tiene prisa; puede esperar, porque eso que ha hecho le interesa por sí mismo, porque le basta con haber visto una parcela de verdad, con haber aumentado un poco la belleza, con haber alumbrado un poco mejor un rincón del universo. Y como dijo el poeta: ¡Ay, que alegría me estás dando / ver que yo estoy tan contento / y que tú sigues enredando!”

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