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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

La sentencia justa para Zapatero

Roberto Esteban Duque
Redacción
sábado, 19 de enero de 2008, 04:43 h (CET)
- “¿No le creó un conflico ético autorizar que siguieran los contactos con quienes acababan de matar”?, pregunta Pedro J. Ramírez, refiriéndose al atentado de la T-4 de Barajas.

- “En absoluto, mi principio ético es agotar hasta el último suspiro para evitar que hubiera más víctimas”, responde el presidente del Gobierno.

La respuesta de Zapatero produce vértigo y escalofrío. Sería una buena tarjeta de presentación para un régimen totalitario o para una banda mafiosa. Si el lenguaje revela la persona, Zapatero es un hombre capaz de todo. Y quien carece de todo autocontrol para decirse alguna vez: “esto yo no lo puedo hacer”, ciertamente no merece ninguna confianza.

Zapatero actúa como un auténtico fundamentalista ético. Piensa que hay algo a lo que no está dispuesto, aunque esté en juego el más noble de los fines. Es decir, hay que “agotar hasta el último suspiro” (seguir dialogando con los terroristas) “para evitar que hubiera más víctimas” (con el fin de lograr un hipotética tregua, no ya un desarme terrorista).

Si es intelectualmente posible sostener la oportunidad política de aplicar un pseudoprincipio del mal menor con los terroristas (dialogar) en un también falso tiempo de tregua, en atención a valores efectivos razonables, es inmoral y deshonesto perseverar en ese pseudoprincipio inmediatamente después de un atentado que aniquila la vida inocente de dos personas humanas.

Una ética estratégica no es ética. Zapatero juzga el diálogo con ETA (y lo seguirá haciendo, una vez aceptado su fundamentalismo ético) como parte de una estrategia. Su acción ética va a ser entonces una acción estratégica. Esta forma de pensar utilitarista se remonta a Jeremías Bentham, para quien el criterio ético de un plan determinado es la obtención del mayor bienestar posible para la mayoría. Cuando Stuar Mill introduce criterios cualitativos afirmando ser preferible un Sócrates infeliz que un cerdo satisfecho, entonces se da un paso más allá del utilitarismo político.

El apóstol Pablo condena en la Carta a los Romanos la máxima: “permítenos hacer el mal de modo que salga de él algo bueno”. Zapatero no se siente aludido por esa condena, que no sólo ignora sino que la desprecia. Más bien al contrario. El presidente lo que hace es redefinir lo bueno y lo malo: moralmente bueno es lo que tiene consecuencias buenas, al margen de la elección oportuna de los medios. De esta manera, como ya afirmaba Lenin, “todo nos está permitido”, incluso vulnerar el derecho a la vida, como el mismo Zapatero hace, al no protegerlo de un modo correcto.

Zapatero ha prestado ayuda a los terroristas y ha engañado a los españoles. Y semejante actitud dista mucho de ser la tarea del gobernante. La responsabilidad del presidente del Gobierno no es auxiliar al terrorista, ni mentir sin pudor ni moral al ciudadano, sino pensar en la eficacia policial, responder del bien público del Estado.

Zapatero no es un hombre prudente, adolece de destreza de la razón para el bien. Peor, su insensatez la pasea por los medios de comunicación como una virtud. Su palabra no vale nada. A él todo le está permitido y cualquier “principio ético” le supedita lo mismo que a un peatón la prohibición de cruzar un semáforo en rojo. Su intención de alcanzar un estado mejor, una realización institucional de la paz, determinó una tan obstinada como torpe elección de medios. Si la acción es lo que decide qué hacemos y queremos, Zapatero ignoró el principio de que lo mejor es enemigo de lo bueno. En el presidente del Gobierno, desaparecen las relaciones morales, no encuentra límites a la prosecución de sus objetivos.

Este niño terrible, que es Zapatero, merece una sentencia justa en las urnas. Él mismo la ha pronunciado con sus declaraciones públicas en el diario El Mundo. No vayan ustedes a pasar de largo.

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