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Las agoreras alianzas opositoras del Partido Febrerista con el Partido Liberal

Luis Agüero Wagner
Redacción
viernes, 18 de enero de 2008, 07:09 h (CET)
Aunque no pueda afirmarse en forma contundente que la coherencia ha sido alguna vez moneda de curso legal en la política paraguaya, uno de los más desafortunados experimentos aliancistas que acaecieron en su historia política es el que intentó unir a febreristas y liberales, lo más parecido a intentar mezclar agua con aceite que uno pueda imaginar. El Partido Liberal y el Partido Revolucionario Febrerista han sido los dos antagonistas más polarizados que conozca la historia política paraguaya, y debiendo compartir el espacio de la oposición, tuvieron varias veces que intentar, al igual que hoy, coaligarse en contra del gobernante Partido Colorado.

En el vano intento fracasaron en el pasado dirigencias de muchos mayores kilates que las que hoy padecen ambas agrupaciones, lo cual hace que los vaticinios para nuevos intentos en el presente no sean precisamente muy optimistas. Para hacerse una idea de la profundad de las raíces que en el pasado tienen las controversias líbero-febreristas, basta mencionar que hasta hoy se siguen recriminando recíprocamente por la muerte del Mayor Joel Estigarribia, en la oscura noche del 21 de Diciembre de 1938. Resplandeciente héroe de la guerra del Chaco, Estigarribia murió asesinado intentando restaurar la revolución de febrero, movimiento anti-imperialista surgido en las trincheras que sería traicionado por el orden conservador en agosto de 1937.

Durante la primavera democrática de 1946, inducida por la derrota nazi en la Segunda Guerra Mundial, la recepción al ex presidente liberal José P. Guggiari, responsable de fusilar una manifestación en octubre de 1931, fue un pre-anuncio de lo que vendría. Una jubilosa bienvenida a los líderes históricos del liberalismo el 14 de agosto terminó en una infernal balacera que se extendió del puerto al centro histórico de la ciudad, tiroteo que no se veía desde que los febreristas corrieron a los liberales a balazos el 17 de febrero de 1936. Al día siguiente –el 15 de agosto de 1946- los comunicados del Partido Liberal y de la Concentración Revolucionaria Febrerista se acusaban mutuamente de ser culpables de los disturbios en la víspera, con una contundencia que no dejaba margen a las dudas.

Durante la guerra civil contra los colorados que siguió, la “revolución en bicicleta” como la llamó Mempo Giardinelli, las fisuras en el frente interno del ejército líbero-febrerista, políticamente incoherente y dividido organizativamente, por momentos hacían olvidar que la guerra se libraba contra los sectores reaccionarios y nazi-fascistas del Partido Colorado. En aquel tiempo, igual que hoy, los seguidores del Centauro de Ybycuí no sintieron muy comprometido su predominio político sobre las arcas del estado ante tan amorfa, inestable y antiestética alianza.

La guerra se definió cuando las discusiones entre estos demócratas volvieron a aflorar en las puertas de Asunción y, según muchos testimonios donde las recriminaciones mutuas se repiten, los altos jefes revolucionarios, ante la imposibilidad de llegar a un acuerdo con sus aliados decidieron mandarse mudar.

El gobierno argentino de Perón, entretanto, decidió colaborar con el gobierno colorado para poner fin a la anarquía y le proveyó modernos armamentos. Así acabó, con hombres desbandados y milicias acéfalas, el primer intento de unir por la misma causa a Febreristas y Liberales en un verdadero adefesio político.

No hace falta agregar que hasta hoy estos “aliados” no se han puesto de acuerdo a la hora de repartir las culpas de lo que entonces sucedió, más de seis décadas después, aunque supuestamente están aglutinados por la misma causa en torno al obispo Fernando Lugo.

Otro de los grandes enigmas relacionado con aquellos años de pólvora es la razón para el festejo de los colorados en la fecha 13 de enero, dado que el mismo golpista de aquel día que desencadenó una sangrienta guerra civil, el Coronel Enrique Jiménez, pronto siguió a los revolucionarios de Concepción al exilio por orden del dictador Alfredo Stroessner. Entre sollozos, aseguran testigos, se pasó implorando perdón a liberales y febreristas durante esos interminables años de destierro.

En el Movimiento 14 de mayo, coalición armada líbero-febrerista contra Stroessner en la década de 1960, una vez más la pelea se desató por los cargos a ocupar en el poder ejecutivo cuando todavía la guerrilla no había cruzado el río Paraná desde la costa argentina. Ante tanta falta de espíritu aliancista, algunos responsables de las finanzas del grupo optaron por desertar, y el dinero acumulado para fines bélicos se desparramó en noches de alegre jarana por París, Estocolmo y otras capitales europeas.

El Acuerdo Nacional fue otro intento por aglutinar febreristas y liberales en un mismo frente político del que solo queda el recuerdo. La rapidez con que cada cual siguió su propio camino en febrero de 1989, cuando la embajada norteamericana dio la venia para derrocar a Stroessner, sólo podría compararse a la rapidez con que los impolutos contestatarios del MOPOCO se arrojaron a los brazos del narcotraficante en jefe de la Conexión Latina, el general Andrés Rodríguez. En menos de lo que canta un gallo, se reató el hilo de la historia y la unidad granítica de los colorados volvió a sellarse por la vía zoqueteril, aunque algunos hoy pretendan convencernos que son capaces de rechazar airadamente ofrecimientos de las codiciadas prebendas en Itaipú. ¿Serán éstos recuerdos del futuro en Paraguay?

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Luis Agüero Wagner es escritor, natural de Paraguay.

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