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La buena educación

Francisco Rodríguez Barragán
Francisco Rodríguez
jueves, 17 de enero de 2008, 07:11 h (CET)
He leído en las pasadas vacaciones navideñas Suite Francesa, la última e incompleta obra de Irene Nemirovsky, asesinada en agosto de 1942 en el campo de exterminio nazi de Birkenau. Se trata de una novela magnifica e interesante que retrata la huída de los franceses de París ante la llegada del ejército alemán en 1939 y las complicadas relaciones entre los alemanes vencedores y ocupantes y los franceses vencidos y ocupados. Hay en la obra una aguda observación de las personas, de sus grandezas y miserias, puestas crudamente de manifiesto en unas situaciones límite.

Muchas cosas de esta obra me han hecho pensar y una de ellas, que he subrayado en el libro, es la frase: «la buena educación sirve precisamente para corregir las reacciones instintivas de los seres humanos.» Esta función de la educación tengo la impresión que está desapareciendo. Nadie quiere corregir ni ser corregido, por el contrario lo que prima es la exteriorización de los instintos sin freno alguno.

Como final legislativo del pasado año, se ha modificado el artículo 154 del Código Civil, que trata de las relaciones paterno-filiales, y donde decía que la patria potestad se ejercerá siempre en beneficio de los hijos, de acuerdo con su personalidad, se ha añadido “y con respeto a su integridad física y psicológica” y en el último párrafo del mismo artículo, se ha suprimido que los padres “podrán también corregir razonable y moderadamente a sus hijos”.

Estas, al parecer, pequeñas modificaciones, me parecen de un gran calado en el designio de reducir el derecho de los padres en la educación de sus hijos. Es la ampliación de los “nuevos derechos del niño”, ya que el respeto a su integridad física y psicológica impide corregirlos razonable y moderadamente y si no hay corrección no hay posibilidad alguna de educación. Es la culminación legislativa de las ideas puestas en marcha hace cincuenta años de que los niños quedaban “traumatizados” si recibían cualquier castigo.

No deja de ser chocante que precisamente cuando cada vez aumenta más el número de padres agredidos por sus hijos, no se caiga en la cuenta de que es el resultado de una educación equivocada. Por no ser tachados de autoritarios, según las ideas de los progresistas de mayo del 68, los padres dejaron desde entonces de ejercer de padres para ejercer de amigos y “colegas” y quisieron conseguir una buena relación con sus hijos dándoles todos los caprichos, justificándolo con aquello de “que no queremos que les falte de nada, no se vayan a traumatizar”, pero son ya varias generaciones a las que les han faltado unos padres que les pusieran límites, que les corrigieran sus reacciones instintivas para hacer de ellos personas.

Pueden hacer la prueba. Traten de llamar la atención de cualquier niño o mozalbete que destroza el mobiliario urbano, ensucia las calles y plazas o pintorrea las paredes. En el mejor de los casos no les harán ni caso y en otras ocasiones pueden resultar insultados, vejados e incluso agredidos.

Que sigue habiendo gente educada es indudable, aunque no sé si mucha o poca, pero lo que salta a la vista es una creciente mala educación que degenera en violencia con facilidad. La violencia en las aulas, el fracaso escolar, el botellón, la permisividad sexual, el consumo de drogas, son señales de alarma suficientes para que en lugar de introducir esas discutibles modificaciones legislativas, que van a agravar aún más los problemas, se intentaran medidas para recuperar la autoridad de los padres y los profesores.

Es necesaria una movilización educativa más seria que la que se quiere imponer por el gobierno, más destinada a adoctrinar que a educar. Hay que volver a descubrir el valor del esfuerzo, del trabajo bien hecho, del estudio constante, de la moderación de los deseos y caprichos, del respeto hacia las personas. La familia debe recuperar su papel fundamental de educar desde el amor para hacer personas libres. Es la hermosa tarea a la que estamos convocados todos los que aspiramos a una sociedad mejor que la que tenemos.

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