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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Velar por la libertad

Francisco Arias Solís
Redacción
jueves, 17 de enero de 2008, 07:26 h (CET)
“¡Yo soy la Libertad, herida por los hombres!
¡Amor, amor, amor, y eternas soledades!”


Federico García Lorca. Mariana Pineda.

El gran error de los liberales del siglo XIX fue creer que la libertad, una vez conquistada, está asegurada. El error no fue meramente un error político; tenía sus raíces en una convicción radicalmente falsa de la condición humana. La noble idea del progreso, que había sido eso, una idea, como tal cuestionable y problemática, se había convertido, desde finales del siglo XVIII en algo bien distinto y en cierta medida opuesto: en una creencia social, en la cual se estaba, como si fuera la realidad incuestionable. El progresismo fue la mecanización de la fecunda idea del progreso y por ello un gran adormecedor del espíritu alerta, del afán de innovación y libertad.

Que el hombre puede marchar hacia delante, que puede mejorar su situación y hasta su condición, es muy cierto. Pero el reverso de la medalla es que también puede estancarse, retroceder, perder lo que había tenido, malograr lo que había conseguido, caer en formas de vida que parecían superados, que efectivamente se habían superados.

La vida humana es insegura y el hombre está siempre expuesto a caer por debajo de sí mismo, a deshumanizarse. Lo propiamente humano no está nunca “dado”, hay que hacerlo y mantenerlo.

Las formas más eficaces y plenas de opresión corresponden a nuestro siglo XX. Algunas de ellas han pasado, sin embargo, nos preocupa que muchos crean que han pasado definitivamente y sin posibilidad de rebrotar.

La falta de vigilancia, la dejación de la celosa defensa de la libertad hizo que en la primera mitad del siglo XX irrumpieran en Europa, y en otros continentes, las formas de opresión más duras, amplias y tenaces que se han conocido.

En cambio, las diversas tiranías del siglo XX no renuncian a la palabra “democracia”. Democracia “orgánica” se ha llamado entre nosotros a su supresión. ¿Por qué estos usos lingüísticos, por qué el diverso destino de la palabra “democracia”? Cuando la democracia está adulterada, pierde su virtud, se convierte en un mero instrumento de dominio, puede degenerar en una forma de opresión, que se diferencia de las otras en que puede tener origen legal. En esto reside su mayor peligro, porque es posible que la supresión de la libertad se deslice desde dentro, partiendo de ella y aprovechándola. En nombre de una eficacia que suele brillar por su ausencia, se llega al ejercicio autoritario de muchas funciones, que cada vez pierden más su carácter profesional, se fundan menos en la competencia y el prestigio, y se van convirtiendo en rodajas del aparato del poder.

Esto ocurre, en mayor o menor medida, en gran parte del mundo llamado “libre”, porque se rige por principios que invocan la libertad y tienen mecanismos que la aseguran si son usados. Sería aleccionador echar una ojeada en unos y otros países, a lo largo de un lapso de tiempo, digamos un decenio. Se vería si se está en cuarto creciente o en cuarto menguante. Y en este caso sería urgente averiguar cómo se ha producido el descenso.

La libertad siempre está en juego, porque refleja la condición de inseguridad de la vida humana, porque es la forma verdaderamente humana de la vida. Hay que velar por la libertad, descubrir sus riesgos; y, sobre todo, estimularla, ejercerla sin descanso ni desmayo, en todos los campos, todos los días.

“Nunca he creído -decía Rousseau- que la libertad del hombre consista en poder hacer lo que se quiere, sino en no tener que hacer lo que no se quiere”. A esta libertad la fueron a enterrar un día, como a la popular Petenera. Por eso, la letra más exacta y conmovedora que recuerdo con este ritmo, a este compás, es aquella que dice: “La libertad se ha muerto / la llevan a enterrar / los frailes van cantando / ¡Viva la libertad!”.

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