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Buñuelos de viento
Menores de edad (con reparos)
Pedro de Hoyos
 
Cuando escribo este artículo acabo de enterarme de que el asesino de la catana ha quedado libre. El asesino de la catana es aquel chaval que un día decidió que su vida sería más libre si terminaba con la de sus padres y su hermana, así que se remangó y se puso a ello. En un tris tras acabó con su faena y siete años, nueve meses y un día después ha alcanzado tanta libertad deseada. Está en la calle sin vigilancia de ningún tipo, sin reclamaciones y sin preocupaciones. Enhorabuena, chaval, objetivo cumplido.

En Medina del Campo una pandilla de mozalbetes agredió a una señora, a la que entre otras lindezas partieron un dedo. Según refiere la agredida se mofaban de ella diciéndole que a ver si se atrevía a devolverles la agresión, “que somos menores”. La cosa está por esclarecer, que los chavales tienen su propia versión y hay que esperar a conocer la que finalmente ofrezca la policía. Si traigo aquí este suceso es como muestra de cómo está el ambiente social al respecto.

Después de casi treinta años dedicados a la educación tengo la sensación, mantenida desde hace mucho tiempo, de que nos hemos equivocado claramente en asunto tan delicado. Por variados motivos. Uno de ellos es sin duda que a los niños y adolescentes sólo les hemos educado “al cincuenta por ciento”. Les hemos hablado permanentemente, durante decenios, de sus derechos. Lo que está muy bien, tiempo hubo en que nunca se nos hablaba de ello. Pero estaría mucho mejor si con la misma insistencia y periodicidad se les hablara de los derechos de los demás.

Porque hasta ahí, hasta tropezarse con los derechos de los demás, llegan los nuestros. Y en ese mismo punto empiezan nuestras obligaciones. En esto ha fallado un sistema educativo, tanto dentro de la familia como en la escuela, que se ha olvidado de hablar con especial énfasis de las obligaciones. O de los derechos de los demás.

Todos los chavales conocen que siendo menores todo el monte es orégano. Ése era el argumento que manejaban los de Medina, según manifestó, e insisto en que hay que esperar, la agredida. Por otra parte, la Ley acaba de adoptar recientemente una nueva medida a favor de este estado de cosas. Resulta que un padre tiene ahora prohibido corregir con un sopapo a su hijo. Y sé que “sopapo” suena muy fuerte, pero me da la gana utilizarla en vez de “cachete”, por ejemplo, palabra mucho más políticamente correcta. Y sepan que cuando hablo de sopapo, cachete o lo que ustedes quieran estoy hablando de una corrección moderada, no de una agresión o de una salvajada violenta. Estoy hablando del correspondiente correctivo cuando un padre ha agotado otros sistemas más frecuentes y generalizados. Y cuando digo “correspondiente” hablo de un castigo físico inmediato, la inmediatez es a veces imprescindible, y proporcionado, no estoy defendiendo la tortura medieval.

El día cinco de enero a mi amigo Fernando, un balonmanista de anchas espaldas que con quince años me saca dos cabezas de altura, le abordaron dos individuos, también menores, en un parque público cercano a su casa. Uno de ellos, con la cara cubierta, le llamó por la espalda, tocándole en el brazo. A Fernando sólo le dio tiempo a ver como un puño, nocturno, cobarde y traidor, impactaba en su rostro. Sin más. Sin otro motivo. Porque sí. Quizá simplemente porque los dos menores agresores se aburrían.

Diez minutos después de que Fernando saliera de casa tan campante, dispuesto a disfrutar de una tarde de ocio, su madre recibía una llamada del hospital para comunicarle que un alma caritativa había llevado a su hijo hasta la sección de urgencias. ¿Saben ustedes qué días están pasando estos amigos míos, honestos, trabajadores y responsables a carta cabal? La policía está en ello, pero como los agresores eran menores habrá que esperar para ver si no les resulta económico dar otro puñetazo a alguien para divertirse.

Publicado el martes 15 de enero de 2008 a las 06:15 horas.



 
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