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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

¡Pues a mí no me da gracia, señor ministro!

Miguel Massanet
Miguel Massanet
miércoles, 16 de enero de 2008, 00:03 h (CET)
Se me ponen los vellos de punta cuando observo perplejo como los españoles, arrastrados sin duda por los intentos de la prensa afecta al Gobierno –que no olvidemos que es mayoritaria y, juntamente con la televisión, constituyen la mejor arma de la que disponen el PSOE y ZP para tener al pueblo sumergido en el atontamiento apacible de esta sauna intelectual que le mantiene ajeno a todo aquello que pudiere apartarle de la vida muelle de la que disfruta – se deja convencer por los cantos de sirena que intentan alejarnos de la dura y cruel realidad en la que estamos sumergidos, para pintarnos espejismos de bonanza, prosperidad y lluvias de claveles socialistas que, como maná, nos caen del cielo para apartarnos de cualquier posible duda sobre el porvenir que nos espera bajo la égida del Gran Hermano, señor ZP, y de toda su camarilla de ministros.

Es cierto que, en vísperas de elecciones, el que los garbanzos se pongan por las nubes y que el pan se haya convertido de artículo de primera necesidad a un lujo, no es algo que favorezca a un Gobierno que se ha pasado los cuatro años de ejercicio del poder, diciendo que España desbordaba salud económica por los cuatro costados. Tampoco podíamos esperar que el señor Solbes –que ha estado relegado al papel de segundón a las órdenes directas de los demagogos de la Moncloa, viendo como el señor Arenillas hacía y deshacía, desde la Oficina Económica del Gobierno, lo que mejor le convenía a él y a su partido (incluidas pantagruélicas comilonas de miles de euros) –; pudiera expresarse libremente mesándose la cabellera y llorando a moco tendido ante el resultado de su mandato. Sin embargo, el que el señor ministro de Economía nos salga ahora con alguna de sus gracias para intentar que nos traguemos el sable hasta la empuñadura, me parece que es algo patético. Comprendo que a los empresarios y, especialmente a los de la construcción, les de una patada en los riñones lo de la crisis de las hipotecas en EE.UU y que intenten dorar la píldora de los asustados compradores, haciéndoles creer que esto es cosa de dos meses y que, después, volveremos a disfrutar del bienestar del que hasta estos momentos habíamos gozado. Sin embargo, estos señores que le ríen los chistes a Solbes, saben que están metidos en un buen atolladero, que la construcción ha bajado en un 37% en Catalunya y que los bancos han cerrado la espita de los créditos mientras muchas de sus empresas se están viendo obligadas desprenderse de activos para conseguir la liquidez que antes lograban con los créditos bancarios. No es fácil que el señor ministro nos convenza de que España está preparada para afrontar lo que se le eche; entre otras razones, porque la construcción en España, juntamente con el turismo, es uno de los motores de creación de trabajo y riqueza. No parece que el señor Solbes se haya percatado de las cifras de desempleo (35.000 parados en Diciembre, un mes tradicionalmente con buena ocupación) ni de los descensos de afiliaciones a la Seguridad Social. Sabe que si aumenta más la desocupación muchos de los inmigrantes que, tan alegremente hemos ido aceptando por pura demagogia, se pueden convertir en un grave incordio si empiezan a tener problemas de subsistencia y a crear conflictos en las ciudades con sus reivindicaciones.

Cuando el señor Solbes se muestra confiado porque los bares están llenos de gente no hace más que demostrarnos su poco conocimiento de la realidad del país. Los bares, señor ministro, se distinguen en grandes cafeterías y en bares de barrio. Cuando usted ve a los bares de barrio repletos de personal quiere decir que son personas que no tienen trabajo y que matan sus horas bebiéndose un vino o un café y jugando a las cartas. No se confunda usted y recuerde que en los bares de la zona del Paralelo de Barcelona, en tiempos de la República era donde precisamente los anarquistas planeaban sus atentados y el señor Lerroux despotricaba contra el clero y los burgueses (aunque, posteriormente, cambió de camisa, como lo han hecho muchos de sus compañeros que, cuando Franco, eran falangistas y ahora socialistas). Si nos referimos a las grandes cafeterías, las de lujo, que me imagino son las que debe frecuentar nuestro animoso ministro, no me extraña que las veas repletas, y si están cercanas al Parlamento, aún más, porque allí, entre pinchos, cervezas y alguna cigala, es donde sus compañeros de partido van a matar las horas muertas que les quedan entre las siestas en la Cámara y la visita al banco para cobrar sus astronómicos emolumentos a costa de nuestros impuestos.

Le recomiendo, por si acaso no lo ha hecho, que vaya usted a darse un garbeo por los mercados, vea los precios de los artículos; escuche a las amas de casa lo que dicen al respecto; tómese en “cafelito” en uno de aquellos barezuelos que huelen a humanidad, a sudor de los mozos de carga y a indignación popular y, después, vuelva al hemiciclo y atrévase a decir ante sus señorías lo que ha visto y oído. La economía señor ministro, no la dictan los grandes especuladores, ni los empresarios bancarios todopoderosos, como su amigo el señor Botín. La economía se basa en la demanda y la demanda, en definitiva, procede de la gente como yo, la gente de a pie, los que hemos trabajado duramente para salir adelante y no hemos hecho fortunas especulando, robando o estafando al resto de ciudadanos. Si la demanda flojea la economía irá mal, por mucho que usted quiera decir lo contrario; si no se pagan las hipotecas los bancos tendrán problemas; si no se vende la carne por estar demasiado cara los productores tendrán que cerrar sus establos y así siguiendo; la inevitable cadena que produce: el paro, la crisis y la recesión. Ustedes sabían la que se avecinaba y, sin embargo, no quisieron poner remedio a tiempo, todo por fines electorales; ahora, si no se produce el milagro, se la van a tener que tragar tanto si ganan como si pierden las elecciones. Menos bromas señor Solbes que, ¡con las cosas de comer no se juega!

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