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Votar, ¿para qué?

Pascual Falces
Pascual Falces
miércoles, 16 de enero de 2008, 00:03 h (CET)
No se trata de una pregunta con hipocresía semántica, ni enunciada con doble intención. Tampoco con el afán materialista de inducir al engaño, con la manipulación dialéctica de uso tan extendido en nuestros tiempos. “A ver como digo esto” -se preguntan ante los medios los profesionales al servicio de la mentira- “para que no se entienda lo que pienso”... Y, así, el lenguaje se ha transformado en un arma al servicio de los más ocultados intereses. Es una forma de “andar por casa” de la superada doctrina de que los objetos son “combinaciones de sensaciones” de Engels, Marx, y practicada por Lenín.

En puridad democrática, votar es un derecho que periódicamente ejercen los ciudadanos de un país para modificar la titularidad de las personas al frente de las instituciones, o la estructura del mismo estado mediante el “referéndum”. El actual sistema electoral español, no permite en la práctica ni atisbo de ninguno de las dos posibilidades. La mayoría absoluta de los partidos más representativos, no resulta recomendable por el conocido efecto de “rodillo” que proporciona al partido ganador. Y, el equilibrio entre ambos, el mencionado “empate técnico”, lo más común, hace necesario recurrir para gobernar a partidos minoritarios nacionalistas, que, por esencia, atentan a la misma permanencia del Estado. España, quiérase o no, tiene sus peculiaridades.

Sin pesimismo, sino con percepción de la realidad, da la impresión de que el actual sistema “está acabado”. La conformación política de España, se encuentra en un callejón sin salida. Las mayorías no encuentran su posibilidad de gobierno sin ceder retazos del estado. Y, por otra parte, las opiniones más radicales, del sentido que sean, tampoco se ven representadas en unos partidos a los que consideran melífluos, blandos e incoherentes.

Más, un país llamado España, tras su pacífico acceso a la democracia según la más moderna usanza, merece que le devuelvan la ilusión de la política como arte de buen gobierno. La única mayoría absoluta sostenible, e inexpugnable, es la coalición de los dos grandes partidos. Esta es su gran responsabilidad, la única que, en paz y concordia, permite el desarrollo del Estado para este siglo y siguientes. Aunque, “ahí, es nada la pomada”, que diría Epifanio en plan castizo; nada más, ni nada menos que hacer coincidir, “por su propio bien”, a cada una de las dos “españas” que representan el partido socialista, y el partido popular.

Este columnista sospecha que la dificultad para este acuerdo es más de orden político que “visceral”. El país no es lo que fue; nuevas generaciones de nacionales y emigrados, con la Historia olvidada (por ignorada), ya no sufren ni padecen por apolillados sucesos retrospectivos. Sus intereses están más cerca y frente a ellos en forma de futuro, de vivienda, de hacerse un lugar bajo el sol.

Es precisa la reconciliación nacional de esos dos grandes partidos para asentar el futuro, evitando el suicidio a que conduce el actual sistema. Tal vez lo del suicidio sea una exageración, porque, ni los pueblos ni los estados son inalterables accidentes geográficos. De la vieja Grecia quedó el Partenón y una cultura, y los griegos siguieron siendo griegos hasta nuestros días. Así que, es posible que tampoco pase nada. Aferrarse a lo que se tiene, es una manera de perderlo, a veces; cuando viene una riada es conveniente dejar lo que interesa en lo alto.

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