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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

El pim-pam-pum de la inmigración

Miguel Massanet
Miguel Massanet
martes, 15 de enero de 2008, 03:18 h (CET)
Parece que no ha tenido mucha repercusión mediática y, sin embargo, el tema debería hacernos reflexionar respecto a los vaivenes de nuestro Gobierno, en lo que se refiere a determinadas políticas. ¿Recuerdan ustedes al señor ministro de Trabajo, señor Caldera, cuando mostraba su faceta más convincente, intentando vender a los ciudadanos españoles las ventajas que nos iba a reportar la regularización masiva de la inmigración ilegal que, gracias a su permisividad, se había ido acumulando en nuestra península? Entonces se calculaba en, aproximadamente, 1.000.000 de personas; de las cuales había una gran proporción procedentes de Mauritania y Marruecos, acompañados por los llegados de países del este y de la otra parte del Atlántico, especialmente de naciones del Cono Sur. Entonces ya se le llamó la atención, por parte del PP, que hacer semejante regularización contribuiría a que se produjese un efecto “llamada”, lo que convertiría a nuestras fronteras en un verdadero coladero para la inmigración ilegal; cosa que, con posterioridad, quedó demostrado con la invasión de cayucos que arribaron a las costas canarias, repletos de africanos, que causaron verdaderos problemas a las autoridades isleñas.

Como era de esperar, en Europa, pronto se produjo la reacción de aquellos países que, en virtud de la libre circulación, a través de las fronteras comunitarias, de los ciudadanos europeos, se vieron invadidos por muchos de los inmigrantes que entraban ilegalmente en España y que luego, el Ministerio de Trabajo, ante la imposibilidad de reintegrarlos a sus países de origen, se veía precisado a repartirlos por las distintas autonomías, dejándolos poco menos que abandonados a su suerte y sin control alguno. Se nos llamó al orden desde Bruselas y, desde entonces, estamos bregando con el tema, sin que se haya encontrado solución al problema, a pesar de que el señor Moratinos se ha dado una panzada de viajar a los diversos países africanos para intentar convencerles para que cerraran la espita. Lo cierto es que ni las reflexiones de Moratinos ni las sustanciosas prebendas económicas que los dictadores de dichas naciones le consiguieron arrancar a nuestro ministro, han conseguido solucionar el tema que sigue en el mismo punto. Ahora, que ya es tarde y, por añadidura, el fantasma de un aumento del desempleo planea ominoso sobre España, y resulta que de cada cuatro trabajadores que cobran el desempleo uno de ellos es marroquí, el Gobierno se ha dado cuenta de la carga que puede suponer el tener que hacerse cargo de una masa de inmigrantes que, sin apenas tiempo para poder cotizar a la Seguridad Social, se benefician de las prestaciones del paro.

Era de esperar que, los primeros afectados por la crisis, la recesión o la ralentización de nuestra economía, como se lo quiera describir, hayan sido los que están en los puestos más bajos, o sea, los inmigrantes, que son los que han ocupado los trabajos peor retribuidos y más prescindibles en caso de parón económico que, en este caso, precisamente se viene cebando en el sector de la construcción en el que hay empleados la gran mayoría de los “nuevos españoles”. Si a ello añadimos todos aquellos que pululan por las ciudades merodeando, sin trabajo, viviendo de la caridad y vegetando por los poblados marginales; podemos darnos una idea del problema que se le presentaría al gobierno del señor ZP, en el caso de que las cosas vayan a peor y estas pobres gentes se encuentren lampando de hambre y sin posibilidades de conseguir trabajo. Se les advirtió, pero les pudo su afán de llevarle la contra al PP y al sentido común; se obcecaron, confiando en que la economía seguiría su ciclo expansivo y que la demanda de mano de obra se mantendría, y han tenido la mala suerte de que, esta vez, se han equivocado de cabo a rabo y, en estos momentos, comienzan a verle las orejas al lobo a pesar de que, en un alarde de empecinamiento infantil, tanto el señor Presidente, como sus ministros, se empeñan en querer ocultar las realidad y quieren que los ciudadanos, que nos vemos obligados a apretarnos el cinturón cada día más, nos convenzamos de que todo lo que vemos no es más que un espejismo que, según ellos, se solucionará cuando vuelvan a ganar las elecciones, el día 9 de marzo del corriente año.

Pero miren ustedes por donde, casi de tapadillo, por un comentario del señor Sarkozy, en mala hora para ZP y el señor Caldera, su ministro de Trabajo; venimos a enterarnos de que, en una reunión celebrada por los tres mandatarios, Prodi, Sarkozy y nuestro señor Rodríguez Zapatero, se confabularon para encontrar el medio de librarse del exceso de inmigración; de devolver a los que, con tanta facilidad, acogimos sólo por obtener réditos electorales; de rectificar la gran pifia del señor Caldera y del gobierno socialista. No podían proclamarlo para que se enterara toda la nación y, menos, en periodo preelectoral y por ello, cuando ha saltado a la luz, se han quedado de una pieza y sólo han sido capaces de balbucear alguna excusa y rectificación que, cuando ya todos sabemos de que pie cojean, suenan a más de lo mismo, a sus habituales desmentidos de siempre, a sus engaños endémicos y a excusas de mal pagador.

En definitiva, que si fracasaron en su día cuando debieron controlar la inmigración y evitar que España estuviera invadida de “sin papeles”, vuelven a meter la pata ahora, al verse obligados a utilizar el secretismo para que los españoles no podamos recriminarles la cantidad de millones de euros que, esta fallida operación, nos ha costado a los que pagamos impuestos. No es de extrañar que, ante tal situación, el señor Caldera, con la boca pequeña, nos quiera vender que la crisis no es más que un pequeño “incidente” que escampará cuando ellos, en el próximo marzo, suban de nuevo al poder. Si eso ocurriera sería la demostración de que los españoles somos la quinta esencia del masoquismo y que nos sentimos a gusto cuando se nos miente, se nos engaña, se nos quitan las libertades y se nos impide pensar. Otras veces nos ha ocurrido; otras veces nos hemos matado de forma fraticida; otras veces hemos caído en la miseria y, si seguimos así, no sería extraño que, otra vez, tropecemos con la misma piedra. ¡Que le vamos a hacer!

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