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Etiquetas:   Disyuntivas   -   Sección:   Opinión

Murió Ángel González

Rafael Pérez Ortolá
Rafael Pérez Ortolá
martes, 15 de enero de 2008, 03:18 h (CET)
La sensibilidad es una rara avis, conviene cuidarla antes de su extinción total. Por eso mismo, adquiere un mayor sentido la presencia de aquellas personas que se dedicaron a cuidarla. Les admiraremos primero, durante la manifestación de sus cualidades; les recordaremos después, con añoranza, cuando hayan desaparecido de este mundo. Vivimos hoy una de esas situaciones, ha muerto Ángel González. Las reseñas escuetas reflejan esa desaparición.

Para mí, la obra de Ángel me iba llegando con diferentes recortes, de aquí y de allá, pequeños brotes de su finura vitalista. El simple repaso de esos retazos acumulados durante años, testimonia el resurgimiento permanente de esas cualidades por él recordadas. Su capacidad de síntesis, su concisión, condensaba en unas pocos versos, una gran sabiduría y PERSPICACIA observadora.

Confrontados con las actitudes de las personas, las divergencias son notables; las actitudes, cariñosas en ocasiones, desdeñosas muchas veces, y a veces, lamentables.

Ángel centró muy bien estas observaciones en su poemilla “Si quieres saber lo que es el agua”. Como dice él al final, la única manera de alcanzar ese conocimiento, es dejarse de monsergas ajenas y experimentar por uno mismo la esencia, en este caso del agua, como puede suceder con otros conocimientos. Así:

“Pregúntaselo a un río, y se alejará murmurando”. Una respuesta escapista que tenemos a flor de piel. Basta un sondeo, no resulta fácil la obtención de respuestas centradas y bien encaradas, cuando solicitamos unas compañías o unas colaboraciones.

“Pregúntaselo al invierno, y te dará una respuesta helada”. ¿En cuántas ocasiones nos dejaron helados con ciertas respuestas? El calor de las conversaciones no sule estribar en la delicadeza, se perderá por resquicios insospechados. Quedaremos con el lamento. ¿Hemos colaborado en la proliferación de respuestas similares?

“Pregúntaselo a la luz, y te dibujará un arco iris”. Esa es otra. Con un colorido y adorno inusual, nos vienen con bellezas insólitas. El único problema radica en la infrecuencia del arco iris. Pueden convertirse en respuestas evanescentes, tendentes a un engaño edulcorado que a nada conduzca.

“Si quieres de verdad saber lo que es el agua, / obedece a la seca propuesta del verano: bebe”. Es que quedan pocas salidas válidas. Se acabaron los tiempos de un seguidismo ciego o aborregado. Se infiere la necesidad de un posicionamiento personal que aporte la vivacidad de los múltiples elementos sociales.

Apenas llegamos a intuir lo que nos está pasando, no nos desprendemos del carácter cavernario; como decía Platón y lo confirma la Física moderna, apenas detectamos indicios de la realidad circundante. Los numerosos avances tecnológicos no logran empañar esas trágicas señales de provisionalidad. Sólo las ilusiones y el amor pueden mantenernos en el error de una consistencia vital que no existe. A partir de ahí, surgen las creencias más o menos atinadas, con las que intentamos seguir unos caminos tolerables.

Escribió Ángel: “… cuando vió a alguien que venía de lejos. / Su rostro reflejo cierta esperanza, después una terrible / alegría…/ y cayó muerto sobre el polvo”. Eso mismo, cuando uno parece localizar la magia, ésta estalla hecha pedazos. Los amores, como las frustraciones, deambulan con una gran multitud acompañante, la de esos desencuentros, las esos estallidos de unas entidades que creíamos consolidadas. Quizá logremos una captación más optimista de de los pequeños momentos, de las grandes sensaciones.

En “Gajes del Oficio” cita cosas como estas: “Acabo descorazonado cada noche / de tanto acarrear mi amor por todas partes”. ¿Nos hemos parado a pensar si ese pretendido amor, lo es realmente, con todas sus consecuencias? Por que como no pase de un florilegio, extrañará menos su falta de asiento. En el mismo poema: “Cuando cometía errores eran siempre de bulto”. Fíjense si empezamos a precisar, cuando intuimos, cuando soñamos, o cuando pérfidamente maquinamos; los bultos pueden alcanzar una gravedad de consideración.

Ángel González deslizaba ese impulso provocativo, esa bien intencionada advertencia, tendente, a que cada persona tomara las riendas desde sus características personales. Como un canto realista, capaz de provocar un encantamiento a uss protagonistas. Sin esa participación personal, sin esa implicación en las vicisitudes de cada día, pocos encantamientos y muchas frustraciones.

“…¡Tan precavido! / Por no caerse, se quedó en el suelo” es el final de uno de su poemas. Tampoco es eso. Sin embargo, no son raras las situaciones en las que uno se ve cercado, desilusionado, con pocas fuerzas para levantarse. No conviene confundir ese acogotamiento del cerco opresor, con el laberinto que sí tiene una salida, aunque hay que buscarla con ahínco.

Las presencias artísticas de estos geniales hombres, aportan esas pinceladas de buen sabor. Nos detectan percepciones, intentan estimularnos, reflexionan; o simplemente, nos enseñan retazos de sus vidas. Por una vía u otra, trasciende su obra hacia unas personas, lectores o ilusionados coetáneos, necesitados de esos bosquejos de vitalidad que tiende a olvidarse.

Sea este mi modesto homenaje a una de estas figuras, en este caso poeta, con esa capacidad de transmisión. ¿De dónde sacó esos detalles? ¿Hay algún depósito de ese tipo de cosas? ¿Cuál es la esencia de esas realidades? ¿Sólo sombras entrevistas desde dentro de la caverna?

Con la alegría de pertenecer a tu fondo común, descansa en paz, admirado Ángel.

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