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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Revisar las ideas

Francisco Arias Solís
Redacción
domingo, 13 de enero de 2008, 07:47 h (CET)
“Todo pasó. Todo quedó lo mismo:
como si en el otoño floreciera, ardiendo en el fulgor de su espejismo.”


José Bergamín.

El Poder público en España ha considerado en la mayoría de los decenios del pasado siglo que su principal misión era evitar la subversión. Es evidente que todo Poder constituido tiende a evitarla, y ello es legítimo. Lo que parece inquietante es que esa misión, necesaria pero secundaria, se convierta en la principal; es decir, que el Estado tenga una función primariamente negativa, represiva. El Estado tiene que “estar”, es decir, establecer un ámbito, amplio, seguro y holgado de convivencia, iniciativa, crítica, rectificación, cambio; si tiene que impedir la subversión, es porque ésta perturba la vida, entorpece el cambio, anula la libertad.

Pero lo más grave es que se ha considerado como subversión gran parte de la vida normal de los ciudadanos y del Estado mismo. Se ha considerado subversivo, y por tanto, delictivo, el ejercicio de una buena porción de los derechos que forman el patrimonio de todos los países de Occidente, al cual pertenece España independientemente de la voluntad de sus gobiernos, al cual, además, se ha adscrito nominalmente durante muchos años -”los países libres”, “el mundo libre”, etc.-. Quiero decir que la “subversión” se ha compuesto de dos partes bien distintas: la efectiva y real, que no ha faltado; y aquellas actividades, nada subversivas, que han sido “hechas subversivas”, por ser consideradas como tales.

Conviene, pues, revisar las ideas sobre lo que es subversivo y lo que no lo es. En ningún país de Occidente es subversivo que se exprese libremente la opinión individual o colectiva, de palabra o por escrito, en conversaciones, cartas, conferencias, discursos, manifestaciones, periódicos, revistas, radio, televisión... Tampoco es subversivo que los individuos se asocien para fines lícitos, y son lícitos los fines políticos, culturales, deportivos, económicos, religiosos. Ni es subversivo que los ciudadanos se critiquen unos a otros, o a los administradores del país, o sus medidas concretas, o propongan cambios en la organización.

Cuando se hace todo esto, nadie dice que hay subversión, no hay ningún delito que reprimir ni castigar, y el Estado puede dedicarse a otras cosas: crear empleo, avanzar en el proceso de paz, mejorar la educación y la sanidad, fomentar la cultura, ordenar la hacienda, velar por la justicia, hacer una política exterior inteligente, inspirada y adecuada a las circunstancias.

En cambio, son subversivas algunas conductas que no han solido ser consideradas como tales. Por ejemplo, que las autoridades actúen por su cuenta, no sigan las instrucciones de las leyes, prohiban lo que está autorizado, detengan al que no es delincuente, disparen cuando no es absolutamente necesario, perturben el funcionamiento de instituciones legales.

Es urgente aclarar todas estas cosas, sobre todo si se quiere de verdad evitar la subversión. Es absolutamente inaceptable, más aún, intolerable, poner una bomba, incendiar, destruir de cualquier modo, asesinar, herir o agredir, secuestrar, intimidar con la violencia. Pero si se considera igualmente subversivo expresar una opinión, hacer una petición, criticar un decreto o al presidente del Gobierno, reclamar los derechos, entonces las fronteras se borran peligrosamente. Y la evidencia de que algo legítimo es llamado subversivo y reprimido como tal, quiérase o no descalifica la idea de “subversión”, hace que no se respete ni se tome en serio, induce una inadmisible tolerancia para ella, engendra una complicidad social con la violencia, que es lo más peligroso de todo.

El Estado tiene que intervenir allí donde es necesario, es decir, allí donde tiene derecho a hacerlo. Pero tiene que abstenerse rigurosamente de intervenir donde no tiene nada que hacer, debe dejar a los individuos y a los grupos sociales ejercer libremente sus derechos poner en práctica sus iniciativas, expresar sus ideas y opiniones, proyectar, proponer, intentar persuadir, averiguar cómo son las cosas, conocerse, determinar cuál es el estado efectivo del país en todas sus dimensiones.

La libertad es algo que se hace, que tenemos que hacer cada uno de nosotros. ¿Cómo? Ejercitándola, usándola hasta donde es posible. Hasta donde tropiece con la represión del Poder -se dirá-. Bueno, claro es. Pero no me cansaré de decir que “hay que estirar el pie a ver hasta dónde llega la sábana”, que hay que “tomarse la libertad” -la libertad a que se tiene derecho- hasta el límite de lo posible. Todavía no he perdido la esperanza de que en el futuro el Poder público se de cuenta de que su función primordial no es evitar la subversión sino más bien hacerla primero innecesaria y después imposible, abrir los cauces para la convivencia activa en vigorosa concordia. Y como dijo el poeta: “El viento libre se gana / ganando la Libertad”.

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