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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Iglesia-Estado: debate abierto

Roberto Esteban Duque
Redacción
domingo, 13 de enero de 2008, 07:47 h (CET)
El pasado día 30 de diciembre, la Iglesia católica reabrió un debate siempre vivo en la sociedad civil: las relaciones entre la Iglesia y el Estado. Lo que se debate no es la separación o independencia, sino la interpretación correcta del principio de separación entre el Estado y la Iglesia. El alcance político del proyecto de Benedicto XVI tiene en Italia y España sus principales centros de aplicación. El Santo Padre parece alentar a los episcopados para que desempeñen un papel más intenso en la conformación del orden jurídico-político de sus naciones.

La relación Iglesia-Estado debe ser una relación de equilibrio, basada en la autonomía de ambos. La tarea del Estado es gobernar, proteger los derechos de las personas y ser garante de la libertad para todos. Ahora bien, el Estado es una "sociedad imperfecta", precisa un mínimo de verdad y de conocimiento del bien que no esté sometido a manipulación. Aquí es donde podríamos hablar del predominio de la ética sobre la política. Según Benedicto XVI, la misión de la política es "poner el poder bajo el escudo del derecho".

De este modo, el Estado debe recibir de "fuera" el sistema de verdad que necesita para que su legislación se ajuste a la razón moral. El Estado, para fundamentarse éticamente, se remite más allá de sí mismo. Según Habermas (un pensador ateo atento al mundo religioso), para vivificarse el Estado tiene que estar abierto a un "afuera" de él como son las fuentes culturales de la solidaridad y de la conciencia moral. Según Benedicto XVI, el "afuera" es la Iglesia, "última instancia ética". Luego la política de la Iglesia es la moralización del Estado y del derecho.

La Iglesia es externa al Estado. Donde la Iglesia se convierte en Estado se pierde la libertad de todos los ciudadanos. Intentar asimilar, como propone Spaemann, el Estado a la Iglesia basándose en el poder legitimador deDios, significaría la destrucción del pluralismo, de la Iglesia y del Estado. La Iglesia suministra al Estado la verdad moral para que proceda con rectitud y legisle conforme a la moral. La Iglesia es una institución de contención de un Estado ideológico que puede llegar a ser totalitario. La Iglesia, que es la autoridad más libre, tiene que expresar sus exigencias respecto al derecho público y no puede replegarse al mero ámbito del derecho privado. Por eso, la Iglesia debe estar atenta a que el Estado y la Iglesia permanezcan separados.

Existe en España el peligro del laicismo ideológico, de una interpretación estrecha del principo de separación entre la Iglesia y el Estado. La separación e independencia del Estado respecto de la Iglesia se opone a una comprensión secularista de la democracia y del Estado de derecho, donde se ignoran y molestan los planteamientos de la Iglesia católica, como ocurre actualmente con el Gobierno de la nación española.

En las relaciones Iglesia-Estado, hay que subrayar la relevancia pública de la Iglesia y la necesidad de que ésta mantenga su independencia. Hay que exigir (y esto es lo que hacen en buena medida los obispos) el reconocimiento de la misión moral pública de la Iglesia católica, que va más allá de su dimensión religiosa. El Estado laico no puede excluir las referencias éticas que encuentran su último fundamento en la religión. El Estado no impone una religión, sino que permite que las religiones sean factores en la construcción de la vida social.

Mientras el debate sigue abierto, propongo mantener siquiera dos ideas en la forma de articular la relación Iglesia-Estado. En primer lugar, la prevalencia de la ética sobre la política, y después la necesidad de la Iglesia católica como "última instancia ética", el carácter imprescindible de Dios para la ética y para que una sociedad no se autodestruya.

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