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Etiquetas:   La parte por el todo   -   Sección:   Opinión

Thanatos

Óscar Arce Ruiz
Óscar Arce
domingo, 13 de enero de 2008, 07:19 h (CET)
Epicuro de Samos, creador de una de las escuelas más importantes de la época helenística, reconocía la peculiaridad de la muerte “porque mientras yo existo, no existe la muerte; y cuando existe la muerte, ya no existo yo”.

A pesar -o precisamente debido a ello- del carácter “terapéutico” de la ética epicúrea es ésta una sentencia que me llamó la atención poderosamente desde el momento en que la conocí. Si se reflexiona sobre ella, si se interioriza, es posible llegar a consolarse de manera teórica.

Por otra parte, el consuelo racional siempre llega con respecto a la muerte de uno mismo y en muy pocas ocasiones (no siempre) con respecto a la muerte en general.

Es decir, mientras alguien puede avanzar sin miedo a morir porque cuando se dé la muerte habrá dejado de darse él mismo, no es siempre previsible la reacción ante una muerte que no extingue la propia existencia.

En las situaciones en que el finado es otro, quien piensa realmente que la vida es sólo el resultado del binomio cuerpo-alma (o parte inmaterial) quiere ver en el muerto su propia muerte. Se identifica en el cuerpo tendido y recuerda que llegar a tener la misma conciencia que una piedra o una silla es el fin aquél al que no teme.

Pero es bien sabido que entre dos puntos cabe un número infinito de puntos, y entre el difunto y quien le observa transcurren incontables puntos de vista alternativos.

Entonces se impone el encontronazo con quienes ven cerca su fin, con quienes lloran desconsolados la marcha y con quienes se consuelan por medio de la fe o de otra forma.

Es recurrente que sean esas reacciones de los demás presentes en el velatorio las que afecten a quien comulga con la sentencia de Epicuro que asiste, impotente, a la desesperación de quien no ve en la inactividad del cuerpo la inexistencia del ser humano.

Porque la reflexión íntima sobre los inicios y los fines sólo puede conllevar un consuelo íntimo y, por ello, personal: difícil de extrapolar y difícil (casi imposible) de exportar.

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