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Etiquetas:   Artículo opinión  

Las botas, la sotana, el imperio y la alternancia

Luis Agüero Wagner
Redacción
domingo, 13 de enero de 2008, 07:20 h (CET)
Aunque de 1940 al 2008 han pasado casi siete décadas, sorprende reconocer hoy lo mucho que los liberales siguen pareciéndose a sí mismos a lo largo de su propia historia. No por casualidad su incrustado candidato actual, el obispo jubilado Fernando Lugo -que al igual que en los cuarenta fue convocado desde ámbitos extrapartidarios- en su discurso de septiembre en Coronel Oviedo glorificó al dictador José Félix Estigarribia, quien inauguró el 18 de febrero de 1940 la etapa totalitaria nazi-fascista en Paraguay, que iría a consolidarse el 13 de enero de 1947. Tampoco es por azar que el compañero de fórmula de “Federico Fraude” escoja como paradigma de buen gobernante al militar (Estigarribia) que desautorizó a Luis Alberto de Herrera por defender la soberanía paraguaya y amordazó la prensa por vía constitucional, llegando a exigir por ley que para editar un libro en nuestro medio debía éste ser autorizado por el Ministerio del Interior.

En una imperdible carta fechada en abril de 1941, Juan Francisco Recalde responsabilizaba al destinatario, Efraim Cardozo, al igual que a Justo Pastor Benítez y Alejandro Marín Iglesias, de haber sido las cabezas de un movimiento destructor del Partido Liberal. Las acusaciones cruzadas en aquella polémica epistolar de mediados de 1941 entre Cardozo y Recalde, son elocuentes para comprender, desde las mismas plumas liberales, los fatídicos errores que llevaron al país a los rigores de una dictadura militar anticomunista que por medio siglo regiría su política interna y aprisionaría su relacionamiento exterior.

La candidatura de Estigarribia no hubiera tenido el camino allanado si no hubiera contado con respaldo al más alto nivel en Washington, donde su lealtad hacia los intereses petroleros de la Standard Oil company en las negociaciones por la paz del Chaco sería premiada con el contundente espaldarazo político y generosos créditos. Desde siempre, el visto bueno del norte ha sido esencial para tomar coraje y encarar a los adversarios políticos en nuestra fauna vernácula.

Las bases sentadas por Estigarribia irían a ser aprovechadas por sus continuadores Morínigo y Stroessner, quienes tras desechar al Partido Liberal materializarían al cabo de los años los planes geoestratégicos que para el Paraguay fueron trazados por Hulls, Wells y Roosevelt a fines de la década del ’30.

La hegemonía de Stroessner, a su vez, sólo pudo ser desafiada por políticos y comunicadores que habían sido sus leales seguidores y fieles servidores cuando recibieron el guiño de Washington, desde donde se les brindó protección y fuerte apoyo económico para emprender sus bravuconadas contra quien otrora había sido su paternal protector.

Durante esta fracasada transición vimos una y otra vez a los “defensores de la democracia” escamotear la voluntad popular a quien había tenido mayoría en las urnas, las veces que el ganador de las votaciones desagradaba a Peter Romero u algún otro emisario imperial ocasional. Y así sucesivamente hasta llegar a la coyuntura actual, en que siguiendo las directivas del norte, la prensa adicta al imperio y los testaferros de organismos de coacción imperialista como USAID, IAF, NED, se han posicionado en torno a un clérigo retirado, induciendo a seguirlos incluso a la izquierda incauta, buscando una vez más solo complacer los designios imperiales.

Poniendo las cosas en perspectiva, sólo se puede concluir que si algo quedó en claro todo este tiempo transcurrido desde agosto de 1939 hasta hoy, es que pueden alternarse liberales y colorados, civiles, militares o clérigos, pero lo único que permanece inalterable en nuestro tétrico mundillo político es el poderío de la embajada norteamericana.

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Luis Agüero Wagner es escritor, natural de Paraguay.

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