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Tags: Cine · Crítica de cine · Gonzalo G. Velasco
“Expiación”: Orgullo y prejuicios


Gonzalo G. Velasco


Gonzalo G. Velasco Gonzalo G. Velasco
miércoles, 26 de marzo de 2008, 03:37
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Dos ovejas están en un prado comiendo un rollo de celuloide. La una se gira hacia la otra y dice: “me gustaba más el libro”. Este ingenioso chiste, que resume con acierto la actitud de muchos espectadores con respecto a las adaptaciones cinematográficas de libros de éxito, se lo contaba Hitchcock a Truffaut en el famoso libro-entrevista que el segundo escribió sobre el primero. Pero en realidad no se trataba de un chiste, y es por ello que Expiación, la versión para cine de la conocida novela homónima de Ian McEwan, aún siendo casi con total seguridad la mejor adaptación de una obra literaria a la pantalla grande de los últimos años, despierta absurdas suspicacias entre público y crítica.

Buena parte de estas suspicacias se deben, como de costumbre, a la naturaleza comercial del producto, ya que Expiación es una de esas “películas bonitas”, que dirían nuestras abuelas, puntillosamente diseñadas para arrasar en los Oscars a fuerza de exaltación romántica, preciosismo formal y derroche de medios. El resto, tal vez se deba a que el estreno que nos ocupa está destinado a ponerle la zancadilla al No Country for Old Men de Bardem, y en este país de catetos, todo el mundo lo sabe, que un español se encuentre entre los favoritos a cualquier premio, justifica por si solo el ninguneo hacia el resto de candidatos. De otra manera no se explica la buena pero tibia acogida que entre los especialistas está teniendo Expiación, un film que debería ser saludado, por méritos propios, como el mejor melodrama romántico desde, al menos, El Paciente Inglés, y al que, sin embargo, todo el mundo busca las cosquillas con pretextos tan peregrinos como que tiene un acusado tono folletinesco, que su segundo acto no está a la altura del primero, o que las reflexiones metacinematográficas de su desenlace no son lo suficientemente profundas. Eso cuando no se recurre al desprecio vano por la decisión de su director, Joe Wright (Orgullo y Prejuicio), de incluir un virtuoso plano secuencia de seis minutos al que algunos no le encuentran sentido más allá del afán exhibicionista.

Pues bien, no seré yo el que defienda a capa y espada la inclusión vanidosa de este tipo de pasajes en las películas. Por lo general, solo están ahí o bien para epatar al espectador cuando todo lo demás falla o bien para satisfacer el ego de un realizador con baja autoestima, como ha demostrado en varias ocasiones Brian de Palma. Con todo, me veo obligado a unirme al club de los que consideran no sólo que el plano de marras es uno de los momentos cumbre del cine europeo moderno, sino también, de los que consideran que tiene un enorme sentido, que deleita a la par que sirve a la historia, y que corona con una rubrica caligráficamente perfecta una labor de dirección ya de por sí muy por encima de la media. Aquel que sólo vea en Expiación un relato amoroso a lo Corín Tellado debería pasar una ITV de romanticismo con urgencia, aquel que clame contra el segundo acto de la función por el mero hecho de que el primero es insuperable, debería aprender ciertas nociones sobre ritmo y cadencia para llegar a la conclusión de que sin depresiones no hay crescendos, y aquellos a los que no les satisfagan las interesantes reflexiones que sobre el poder terapéutico (y destructivo) de la ficción brinda la historia en su tramo final, deberían tener la decencia de escribir un sesudo libro de filosofía y compartir con el resto de la humanidad, simples mortales, su sabiduría. Los demás tengan por seguro que disfrutarán del cine como hace mucho que no disfrutan gracias a esta esplendida película. Y no lo digo porque su fotografía, su banda sonora, su dirección de arte, su vestuario, y sus interpretaciones sean magníficas, que lo son y mucho, sino porque a diferencia de los films de los que habitualmente elogiamos todos estos aspectos, cuenta con una historia arrebatadora, compleja y rica en matices que en ningún momento nos permite disfrutar con calma de lo demás. Tal vez no sea una obra maestra, pero está tan cerca de serlo que, si David Lean pudiera verla a través de un agujerito en el espacio-tiempo, a buen seguro sonreiría con agrado. De visión obligada.

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