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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

No mezclar la fe y la ley

Roberto Esteban Duque
Redacción
jueves, 10 de enero de 2008, 06:57 h (CET)
Anda Zapatero empeñado en que "la moral y la fe no se legislan", acostumbrado como está a legislar desde la inmoralidad y el ateísmo. Tiene razón el hombre del talante ilustrado: la fe no se puede imponer por ley. Pero claro, tampoco se legisla la solidaridad ni el sacrificio por el bien común, y son absolutamente necesarios para la vida buena del hombre.

Sin el cultivo de la ética y la fuerza determinante de la moral en la sociedad, sin un hombre que reconozca a Dios en su vida, no hay fututo para una nación y la política termina degradándose. La política debe ser construida desde un nivel previo, motivacional, y desde un proyecto ulterior en el que se diseñe una antropología y un tipo de sociedad determinada. Zapatero no reconoce el valor moral ni religioso, no lo siente, como no siente la nación.

Escuchando a ciertos ministros y a su presidente, no queda más remedio que controlar la actividad legislativa del Gobierno de la nación. Existe una crisis de sentido, patente en la destrucción de las formas de vida tradicionales, fruto de un relativismo voraz; una crisis de sentido propiciada desde el derecho público y desde una legislación poco atenta a las tradiciones morales y religiosas; una crisis de sentido anclada en el Gobierno de la nación, que niega a la religión su potencial de verdad y que pretende "extender los derechos de los ciudadanos" negando el derecho a los ciudadanos creyentes de realizar sus aportaciones a la discusión pública.

El presidente del Gobierno reivindica la aconfesionalidad y la primacía de la sociedad civil. Zapatero se exhibe como un político ateo, incapaz de escuchar al mundo religioso, imposibilitando así la cultura del diálogo con la Iglesia, privando a la sociedad desde su discreto encanto nihilista de unos recursos fundadores de sentido. La primacía de la sociedad civil es una categoría vacía sin una cultura ética y religiosa presente en ella, portadora de una ciudadanía solidaria y virtuosa. Zapatero quiere llevarnos a un vacío ético y religioso que adormece la democracia, al no permitir al Estado quedar abierto al sentido que proporciona la fe y la religión a la vida del hombre.

Zapatero no quiere ni fe ni moral. Y sin embargo, el hombre no puede separarse de Dios, ni la política de la moral, a no ser, como afirmaba Turgenev en Las aguas de la primavera, que uno no advierta las consecuencias de sus acciones. Zapatero es un peligro para el futuro de la sociedad. Cuando no se rechaza el aborto ni la eutanasia; cuando no se defiende ni protege la familia; cuando el Estado se arroga un derecho que no le pertenece y no deja que sean los padres quienes eduquen a sus hijos; cuando se legisla de espaldas a la moral y al valor religioso, constructor de la vida social, sólo puede pensarse en la irresponsabilidad de un Gobierno ante la inmensa mayoría de la ciudadanía.

La Iglesia pagaría un precio muy alto si votase a Zapatero, porque con ese voto estaría perdidendo su identidad. La fe y la moral, aunque no se legislen, poseeen una respetabilidad intelectual en la sociedad española. Cuando no se aprecian estos vínculos por parte de un Gobierno, la mejor forma de salvar la Iglesia es desasisrse de quien no la reconoce públicamente ni es capaz de valorar la magnífica contribución para el bien que poseen las dos categorías que el presidente del Gobierno pretende postergar. De esta manera, Zapatero se sitúa en una comprensión secularista de la democracia y del Estado de Derecho, que ignora los planteamientos de la Iglesia en el debate público y en la construcción de la sociedad civil.

Lejos de mí, Sr. Presidente.

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