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Etiquetas:   Crónica Festivales   -   Sección:   Revista-musica

Diciembre es primavera gracias al
'Primavera Club Festival'

Daniel García
Redacción
lunes, 31 de diciembre de 2007, 23:00 h (CET)
La segunda edición del hermano pequeño del Primavera Sound reunió un interesante puñado de artistas consolidándose como festival de calidad en las antípodas al macro evento centrado en viejas glorias. Hubo de todo, lo que no hubo fue tiempo para verlos a todos (sí, no busquen en esta crónica a The Ponys): éste es un breve resumen de lo que allí pudimos ver y escuchar a lo largo de una intensísima semana.

Songwriters. Lo bueno de contar con artistas que están viviendo tan magnífico estado de forma como Ainara Legardon o John Vanderslice es que éstos hacen fácil olvidar a otros menos inspirados como los que precedieron a ambos. La primera tomó el testigo de unos 'Her Only Presence' demasiado nerviosos como para salirse del cliché emo. El segundo sucedió a 'Bracken', bastante dignos pero algo fríos, y a 'Ruizpantaleon', cuyo experimento sólo funcionó hacia el final (Ruiz 1-Pantaleón 0). 'Ainara Legardon', ayudada desde la batería por un mayúsculo Alfons Serra (Nisei), puso sobre las tablas un repertorio infalible y una intensidad sobrecogedora. Sus canciones han ganado en matices, con un radicalismo que la aleja del tópico y la hace grande. Anunció disco para pronto, que será su tercero y promete mucho. La actuación de 'Vanderslice' también prometía por ese excelente 'Esmerald City' (Barsuk, 2007) que venía a presentar. El de San Francisco no defraudó y regaló joyas como 'Tablespoon of codeine', 'Time to go' y la inmensa 'White dove'. Disfrutaron e hicieron disfrutar, tanto que acabaron saltándose el guión con un concierto acústico en el patio de butacas. Más que entrañables.

Hombres – orquesta. El Guincho y Castanets derrocharon imaginación para demostrar cómo un buen uso de la tecnología puede resultar todavía en un directo vibrante y abierto a las sorpresas. Lo del norteamericano pasa por reconstruir el blues y el folk, lo de El Guincho sencillamente no tiene nombre ni diagnóstico conocido, pero su locura es altamente contagiosa.




El Guincho.




Orquestas. Stars of the Lid pusieron banda sonora a un pastiche de home movies, noticiarios y documentales del cosmos. Con una formación casi clásica con cellos y violines incluidos, los de Kranky desplegaron atmósferas teñidas de nostalgia en technicolor pero con nula progresión dramática. El resultado fue como volver al útero de mamá, agradable sólo hasta cierto punto.
Contra el exceso de líquido amniótico nada mejor que una deliciosa dosis de mal rollo como la que nos regalaron 'Earth'.




Stars of the Lid.




Earth son una banda de cowboys que funcionan como una orquesta de guitarras eléctricas: sin voces y con acordes que se repiten una y otra vez hasta crear un magma espeso y sucio. Earth suenan a noche, a asfalto, a cerveza caliente, a sangre y semen. La etiqueta que les han endosado de post-country sabe a poco, Earth encarnan la pesadilla americana y David Lynch debe de estar dándose de cabezazos al compás de 'Hibernaculum' (Southern Lord, 2007) acordándose de las nenazas de Rammstein.

Dos bandas. Dos nombres y dos conciertos memorables, uno de la noche del viernes y otro de la del sábado. Siguiendo la consigna que titulaba su penúltimo disco, 'Drum’s not dead', 'Liars' trajeron el viernes al Auditori esos tambores de guerra que parecen anunciar el fin del mundo. Sonaron más contundentes y agresivos que nadie, y encima contaban con ese frontman imparable, Angus Andrews, que es como Iggy Pop pero con traje blanco. Riesgo y diversión iban de la mano: lo duro fue quedarse sentado en la butaca.
Y el sábado, a juzgar por la ovación final y por la avalancha que sufrió el puesto de merchandising, la sensación de haber asistido a algo inolvidable fue casi unánime con 'Deerhunter'. Parecían estar tocando para ellos en su local de ensayo, incluso bromeando sobre el inminente fin de la banda (su líder, Bradford Cox, anunció un paréntesis de seis (?) años) y, sin embargo, lograron transmitir emoción pura. Fue un concierto breve, sin bises ni épica, sólo cinco chicos en el escenario y un muro de sonido fascinante.




Deerhunter.




Guettoblasters. Con la baja de Mark E. Smith se optó sabiamente por mantener la actuación de lo que quedaba del proyecto 'Von Südenfeld', es decir, lo que vienen a ser Mouse on Mars. El dúo alemán se dedicó a cafrear durante más de una hora a base de beats rotos, digitalismo sucio y toda clase de subgraves asesinos. Hard core. Da miedo pensar lo que podía haber pasado allí si no hubieran faltado el líder de The Fall y toda su mala baba. Digámoslo ya abiertamente: la paternidad no les ha sentado demasiado bien a Modeselektor y su trono está en serio peligro.

Y veinticuatro horas después, en la misma sala Apolo y con todo el poperismo ilustrado refugiado en La [2], se produjo el asalto de 'Kode9 & The Spaceape'. Por un extraño criterio de programación fueron precedidos por una de las propuestas más luminosas del cartel, la del pop colorista de 'Bishop Allen' (enorme 'Flight 180', habemus himno). Aunque viendo cómo se las gasta Kode9 a los platos, resulta difícil encajar algo antes que no suene almibarado. Desde la más absoluta oscuridad, los británicos ofrecieron casi dos horas de dubstep de qualité con una primera parte centrada en hits propios ('9 Samurai', el remix para Dabrye y MFDoom) y ajenos; y una segunda más orientada al dub y a las raíces.

Y Thurston Moore. Pues eso, punto y aparte. Después de verlo, a uno no le quedan ya dudas de querer ser de mayor como el señor Moore.




Thurston Moore.




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