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Etiquetas:   Con el telar a cuestas  

¡Vaya golfo, joya o perillán el ex alcalde de La Vila Joiosa!

Ángel Sáez
Ángel Sáez
miércoles, 9 de enero de 2008, 05:56 h (CET)
El sábado pasado, cinco de enero de 2008, víspera de la Epifanía del Señor, me encontraba leyendo la nueva y, conforme iba avanzando en la lectura de la misma, más sorprendido quedaba, menos salía de mi asombro.

Al parecer, la titular (o suplente) del Juzgado de Instrucción número 2 de La Vila Joiosa (Alacant –ya disculpará usted, pero ayer estuve buena parte del día en tierras valencianas, acompañando a mi hermano Eusebio-), Ángeles Pérez, ha impuesto a quien fuera mandamás del citado municipio, José Miguel Llorca (del PP; qué ojo clínico, asimismo, el de la persona –con la autoridad y la competencia dentro del partido para llevar a cabo dicho menester- que eligió al falsario como el mejor candidato de la mentada formación para encabezar la lista municipal y aspirar a ocupar tan alta responsabilidad local; que les hagan a ambos, al avispado y al impostor, cuanto antes, sendos monumentos) una multa de un millón de las antiguas pesetas, 6.000 euros del ala, por atribuirse pública y notoriamente la condición de médico sin tener la titulación para ejercer como tal, pues, sorpréndase usted, desocupado lector, como lo ha hecho servidor y hará cualquiera que tenga conocimiento (que no miento) o noticia del hecho, el sujeto en cuestión sólo había aprobado el primer curso de dicha carrera universitaria. Bochornoso. Inaudito. Insólito. Vergonzoso.

Según recoge la sentencia y el artículo 637 del Código Penal, el apócrifo doctor Llorca solamente cometió una falta al arrogarse de cara a la galería o el público estar capacitado para ejercer una profesión sin poseer el título académico que así lo acreditara.

Su señoría, la magistrada sobredicha, Ángeles Pérez, quien firma el fallo, sostiene que el posible delito de intrusismo ha prescrito, pues el ex regidor dejó de practicar la medicina (menos mal; ¡bendita política!, habría que trenzar con todo) en 1999, año en el que decidió dar el salto (o asalto, más bien; vaya usted a saber) a la política que, como queda de manifiesto, nada o muy poco tiene que ver con la poética. Y menos aún con la ética.

¡¿Cuánta gente incumplió sus tareas fiscalizadoras en este feo affaire, Dios mío?!

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Josefa Romo Galito
 
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