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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

La titulomanía

Francisco Arias Solís
Redacción
martes, 8 de enero de 2008, 03:02 h (CET)
“Oh, Salamanca, entre tus piedras de oro
aprendieron a amar los estudiantes
mientras los campos que te ciñen daban
jugosos frutos”.


Miguel de Unamuno

El título o diploma garantiza determinado aprendizaje. Será, pues, tanto más valioso cuanto mayor sea el prestigio alcanzado por el centro docente que lo otorga, y ello en función de sus programas, medios, tradición y profesores. En cambio, es una aberración hacer del título una exclusiva, una especie de garantía de reserva de determinada parcela de actividad laboral.

Con la equívoca denominación “intrusismo profesional“ se defienden más veces privilegios particulares que intereses sociales. Sólo debiera hablarse de intrusismo, en sentido estricto, cuando se accede a un trabajo en función de un título que no se posee, pero en modo alguno cuando el trabajo se ejerce sin alegar dicha posesión. Sobran ejemplos de magníficos, e incluso cimeros, profesionales, que no proceden de los estudios reglados; no sólo entre las profesiones más imaginativas -como puedan ser la publicidad, el periodismo, las relaciones públicas, etcétera-, sino incluso en otras de conocimientos técnicos muy complejos, como la arquitectura o las ingenierías.

Es natural que el empresario sensato recurra, preferentemente, a los profesionales titulados -más por lo que ello refleja de adaptabilidad que de capacidad-, pero imponer legalmente la exclusión de cualquier otro sistema de aprendizaje que no sea el reglado a través de centros reconocidos, sería, ciertamente, un totalitarismo cultural, fomentador por ende de la titulomanía y de los compartimentos estancos. La sociedad tiene medios más razonables de protegerse contra los charlatanes y los estafadores, que muchas veces no están donde parece porque, en definitiva, es más fácil falsificar un título que unos conocimientos.

Más intruso que quien carece de título, es el que Dios sabe cómo lo habrá conseguido, porque ignora casi todo de la profesión que ejerce. Antes que proteger la utilidad del título -el “status” que proporciona-, convendría asegurar la calidad de los estudios que certifica. Y como dijo el poeta: “Despacito y buena letra: / el hacer las cosas bien / importa más que el hacerlas”.

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