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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

El embajador de España en el Vaticano

Roberto Esteban Duque
Redacción
martes, 8 de enero de 2008, 03:02 h (CET)
Así no vamos a ninguna parte, señor embajador, no caminamos hacia un destino común. La entrevista que concede el diario El país a Francisco Vázquez, embajador de España en el Vaticano, manifiesta a un socialista católico, pero no a un católico socialista. No se puede decir (un embajador en el Vaticano todavía menos) que un acto por la familia cristiana "lo convirtieron en un mitin político", refiriéndose a la jerarquía eclesiástica. Las elecciones políticas no son actos confesionales en los que la Iglesia intervenga, sino actos estrictamente políticos.

La Iglesia, señor embajador, tampoco está alineada con el Partido Popular, como usted sugiere, al decir que "existe una connivencia entre un sector de la jerarquía eclesiástica y el PP en la búsqueda de objetivos electorales". Es más de lo mismo. La Iglesia afianza su consistencia y fortaleza en la sociedad civil precisamente porque acepta de buen grado el pluralismo moral e ideológico, la vida democrática del Estado Constitucional. Esto es lo que no se tolera, el hecho mismo de la fuerte presencia de la Iglesia en la cultura, las costumbres, los estilos de vida y la configuración de la sociedad civil.

El presidente del Gobierno, señor embajador, no puede dar "un puñetazo sobre la mesa" y decir que "la jerarquía eclesiástica no puede seguir por ese camino". ¿Qué camino? ¿Acaso el de la confrontación abierta por el Ejecutivo desde el comienzo de la legislatura? El Ejecutivo, lejos del puñetazo en la mesa, debe realizar una comprensión normativa mutua de las convicciones morales de los creyentes y de los no creyentes, así como del reconocimiento de sus aportaciones en la sociedad civil. El Ejecutivo no ha escuchado a la Iglesia en sus cuatro años de gobierno. No existe ninguna cooperación en el marco jurídico ni en la constitución de la esfera pública. La Iglesia, lejos de exigir un monopolio interpretativo para estructurar la vida de los ciudadanos, sólo espera que la dignidad del hombre no se siga agigantando a fuerza de deconstruir su propia naturaleza.

La cultura laicista, auspiciada desde el Gobierno de la Nación, no tiene sentido en la sociedad española. La secularización ha sido superada por un proceso postsecular, donde la religión se mantiene intacta frente a una supuesta invasión de la Ilustración. La Iglesia católica tiene, señor embajador, un problema que usted con agudeza apunta: el de la disidencia interna. El embajador reclama que sea la la misma Iglesia quien reaccione frenta a su sector más retrógrado. El aviso deberá ser motivo de discernimiento en el seno de la Iglesia, si queremos que la religión siga realizando, sin escisiones internas, contribuciones importantes en la vida política, social y cultural de todos los ciudadanos.

Actualmente, el Ejecutivo (algo tendrá que hacer el señor embajador) propicia que la laicidad se convierta en algo opresivo para la identidad católica, dificultando la cohesión social. La Iglesia no precisa adaptarse a los cambios de Gobierno ni a las leyes impuestas por el Ejecutivo. Cuando un Gobierno no muestra ninguna porosidad hacia el valor religioso, al que antepone el deporte, ni ante una cultura que promociona el perdón y la reconciliación, a la que antepone leyes de rencor histórico; cuando un Gobierno pretende educar a los hijos, desnaturalizando la educación, o no protege la familia ni alienta la vida en toda su extensión, se niega la razón religiosa, el reconocimiento público de la dimensión positiva de la religión, se niega la razón y el Derecho Natural.

Señor embajador: ¿qué le hace pensar que la Iglesia ha abusado de la "buena fe" de Zapatero? ¿Qué política de diálogo ha ejercido con la Iglesia el presidente del Gobierno, si no la respetó nunca como agente válido para la ingeniería social de nuestra nación? La cultura está impregnada ya de un relativismo ético galopante del que el presidente del Gobierno es uno de sus máximos responsables y exponentes públicos. ¡Haga usted de embajador de España en el Vaticano, don Francisco, pero no de socialista!

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