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PSICOANÁLISIS DEL ARTE

Jorge Alonso Safont
Redacción
domingo, 6 de enero de 2008, 20:32 h (CET)
“Algunas de las creaciones artísticas más acabadas e impresionantes escapan a nuestra comprensión” Sigmund Freud

Muchas veces cuando me encuentro dentro de un museo o exposición de arte observo a la gente. Algunas se pasean casi sin prestar atención a las obras. Otras pasean pero se detienen de vez en cuando enfrente de una obra, y la miran con cierta atención. Es en estos casos cuando me pregunto que están mirando. Siendo sincero, no soy profano en cuestiones de arte. Y la misma pregunta resuelve mi propia duda, es decir, (siendo un ignorante) que es lo que nos atrae de un obra o en términos barthesianos, que es lo que nos punza.

La realidad es que a lo largo de la historia, determinadas obras de arte han suscitado enormes efectos sobre el espectador. También es necesario traer a colación que esta acción de la obra no es exclusiva de las obras pictóricas y escultóricas sino que es un poder asociado también a las obras literarias.
En Psicoanálisis del Arte Freud se hizo la misma pregunta, hecho que le impulso a analizar algunas de las obras que más profunda impresión le habían causado para llegar a comprender lo que en ellas producía tales efectos, llegando incluso a emocionarnos sin saber por qué lo estamos y qué es realimente lo que nos emociona.

Resulta paradójico como apunta el autor que “algunas de las creaciones artísticas más acabadas e impresionantes escapan a nuestra comprensión”. Por ejemplo, alguien que no tenga ningún conocimiento sobre pintura o filosofia, qué conclusiones podría extraer de la observación de La Academia de Atenas de Rafael (1505). En principio podrías llegar a conclusiones simples como que se trata de una composición pictórica ambientada en un grandioso espacio arquitectónico perfectamente compuesto; y yendo un poco más allá (con un mayor nivel cultural) podrías identificar en la que aparecen retratados los principales sabios de la antigüedad: en la parte central del cuadro es ocupada por Platón y Aristóteles. También podemos observar a Zenón de Elea, Pitágoras, Diógenes, Euclides, etc. o como el propio Rafael aparece autorretratado. Y siendo un erudito podrías plantear la siguiente interpretación: la figura de Platón corresponde a Leonardo da Vinci; la de Euclides al gran arquitecto, y amigo de Rafael, Bramante, y la de Heráclito a Miguel Ángel. En definitiva: una representación de los sabios antiguos por personajes contemporáneos del pintor, que vendría a simbolizar la idea de continuidad entre los humanistas del Renacimiento y los sabios de la antigüedad clásica.

A partir de aquí se plantean numerosas cuestiones, pero la que nos interesa es cuánta gente deja de saber lo que realmente se está representando. Pasamos por delante de las representaciones, de las obras sin saber muy bien lo que nos quiere decir y lo que representa. Es cierto que ante una obra existen numerosas voces donde cada uno dice algo distinto, pero pocas o ninguna llega a explicar a los ingenuos la respuesta del enigma que nos planteamos. Según Freud, “lo que tan poderosamente nos impresiona no puede ser más que la intención del artista en cuanto que el mismo ha logrado expresarla en la obra y hacérnosla aprehensible”. Por ese motivo es necesario analizar la obra, por qué es en ella donde se encuentran las respuestas.

Freud analiza con detalle la estatua de Moisés de Miguel Ángel. Comienza describiendo la obra, poniendo énfasis en la multitud de interpretaciones a partir del simple análisis de la descripción de la escultura. Por ejemplo, Spinger dice: “Moisés aprieta contra su cuerpo una de sus manos (la izquierda) y se coge con la otra, como inconscientemente, la barba ondulante”, mientras Justi “encuentra que los dedos de la mano derecha juguetean con la barba”. Por lo tanto, si ya la aparente descripción resulta inexacta cómo es posible realizar una interpretación consistente. Según el autor la descripción fisonómica que mejor se ajusta es la de Thode, el cual lee en ella “mezcla de cólera, dolor y desprecio; la cólera, en el entrecejo contraído; el dolor en la mirada, y el desprecio, en el resalte del labio inferior y en las comisuras de la boca, echadas hacia abajo”. De aquí surgen nuevas dudas, ¿lo escribió con letra tan imprecisa o tan equívoca que puede hacer posible lecturas tan diferentes? Y ¿Quiso Miguel Ángel crear en este Moisés una obra de carácter y expresión, ajena al tiempo, o ha representado al héroe bíblico en un momento determinado y muy importante de su vida?
De nuevo numerosas interpretaciones. Pero es dónde aparece el psicoanálisis: a partir de la observación de los detalles secundarios, “de la observación de cosas secretas o encubiertas” (partes de la escultura que no habían sido consideradas como importantes): la posición de la mano derecha y la de las tablas de la Ley. Éstas (posiciones) son consecuencia del residuo de un movimiento (violento) ya ejecutado después de observar cómo los judíos adoraban el becerro de oro. Moisés “quiso alzarse y tomar venganza, olvidando las tablas; pero ha dominado la tentación y permanece sentado, domada su furia y traspasado de dolor, al que se mezcla el desprecio”.
Freud analiza por otra parte el carácter de Moisés que según la tradición “era iracundo y sujeto a bruscas explosiones de cólera”
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En definitiva, lo que consiguió Miguel Ángel fue “integrar algo nuevo y sobrehumano en la figura de Moisés, y la enorme masa corporal y la prodigiosa musculatura de la estatua son tan sólo un medio somático de expresión del más alto rendimiento psíquico posible a un hombre, del vencimiento de las propias pasiones en beneficio de una misión a la que se ha consagrado”. Y son estas características representadas por el autor en la forma las que nos emocionan, no sabemos describir, pero inconscientemente trabajan en nuestra interpretación: la imagen de un Moisés poderoso y sagrado, características que se han establecido en la cultura occidental a lo largo de los siglos.

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