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Etiquetas:   Contar por no callar   -   Sección:   Opinión

Una de romanos

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
lunes, 7 de enero de 2008, 02:09 h (CET)
No, no vayan a pensar que van a leer alguna cosa relacionada con aquellas viejas películas en las que los romanos, que eran muy malos, inducían al pecado a las esclavas cristianas o bien las lanzaban a las fauces de los leones para entretenimiento del populacho que de esta forma no se cuestionaba si el emperador de turno era buen o mal gobernante. No obstante, los hechos que voy a relatar a continuación si que tienen alguna cosa a ver con aquellos tiempos de la vieja civilización en la que el latín, exiliado hoy de los centros de enseñanza, era la lengua de referencia.

En la ciudad de Sagunt, a pocos kilómetros de Valencia, existe un teatro romano erigido en el siglo I de nuestra era por sus entonces moradores. Los romanos saguntinos escogieron una pequeña cavidad de una colina pegada al pueblo para levantar el teatro en el que representar las obras teatrales de la época, aquella pequeña villa no tenía circo pero si que disponía de un local, al aire libre como era costumbre en aquellos tiempos, para que sus ciudadanos se reunieran y lloraran con las tragedias de la época o rieran con las comedias escritas por sus contemporáneos latinos.

Con el tiempo aquellas viejas piedras que formaban tanto el escenario como las gradas en las que reposaron tantas nobles posaderas fueron ajándose o desapareciendo, incluso muchas de aquellas recias y antiguas piedras sirvieron para reforzar los muros del cercano castillo construido en la cima de la colina o algunas de las paredes de las casas que forman la cercana judería de la ciudad. Es decir que cuando en el año 1896 se declara Monumento Nacional a lo que queda del Teatro Romano de Sagunt debían quedar muy pocas de las piedras originales.

Durante un tiempo aquel lugar estuvo totalmente abandonado, pese a su declaración de Monumento Nacional, y posteriormente pasó a utilizarse como contenedor artístico como lo había sido en sus orígenes pero con otro tipo de espectáculos. Recuerdo haber paseado por las gradas del teatro romano con la única compañía de las piteras y maleza que crecía entre las juntas de las viejas piedras y, algunos años después, haber presenciado una actuación del ballet cubano de Alicia Alonso mientras una de las piedras que me servía de asiento martirizaba mis glúteos sin compasión alguna, y haber escuchado las irreverentes canciones de La Trinca sentado en aquellas gradas todavía sin rehabilitar.

Pero en el año 1986 siendo Presidente, un gris Presidente, como todos los que hemos tenido en la Generalitat valenciana, el socialista Joan Lerma se encargó a los arquitectos Grassi y Portaceli la rehabilitación del escenario y las gradas del Teatro Romano de Sagunt. El resultado fueron unas gradas totalmente cubiertas de mármol y un nuevo escenario que poco o nada tenían que ver con lo que en su día debió ser el original. Una vez acabada la obra hubo, como en los toros, división de opiniones y alguno, incluso, pidió la devolución a corrales de la rehabilitación, es decir su total destrucción por no ajustarse al original.

Esto fue lo que hizo el abogado Marco Molines, miembro destacado del Partido Popular y ariete con el que la muchachada de la gaviota con Zaplana a la cabeza arremetió contra los socialistas que ocupaban el sillón de la calle de Cavallers, sede de Presidencia, y que tanto ansiaba el cartagenero moreno de rayos UVA que llegaría a Ministro de Trabajo y a propietario de un piso en la Castellana de 500 metros cuadrados sin haber dado un palo al agua como tantos otros. Los socialistas valencianos perdieron las elecciones por su mal gobierno y los valencianos fuimos a peor con la llegada de los “populares” mientras todo el mundo se olvidaba del pleito por las viejas piedras romanas.

De todas maneras alguien entre esa derecha montaraz que lleva años gobernando este País Valenciano dejó todo atado y bien atado, como decía aquel viejo dictador al que tanto admiran Fraga, Mayor Oreja y alguno más dentro del PP y que no se atreve a hacerlo público, y dado que ellos, los “populares”, también iban a rehabilitar viejos espacios arquitectónicos decidieron blindarse con la promulgación de la Ley del Patrimonio Cultural Valenciano que les permite hacer, en materia de rehabilitaciones, todo aquello que denunciaron se había hecho en el Teatro Romano de Sagunt y que hoy esas leyes permitirían.

Aquel pleito siguió adelante y ahora, diecisiete años más tarde, el Tribunal Supremo ha dictaminado que en el plazo de dieciocho meses como máximo se deben restituir el Teatro Romano al estado que tenía antes de las obras demoliendo el escenario y retirando las gradas de mármol. Y es ahora cuando tantos años después y con el Partido Popular en el poder una sentencia justa según la Ley pero injusta a la vista de los hechos va a dejar a los valencianos sin un lugar emblemático en el mundo de la cultura, seguramente si esta sentencia se lleva a cabo el País Valenciano habrá perdido, quizás para siempre, uno de sus más importantes contenedores culturales. Y todo ello gracias a un señor llamado Marco Molines que ya ni tan siquiera está en política y que de este caso, tan largo en el tiempo, tan sólo ha sacado de beneficio los 3.000 euros de las costas. Entre el PSPV de Joan Lerma y el Partido Popular de Eduardo Zaplana han puesto las bases para que la dinamita vuele el Teatro Romano de Sagunt, a unos y otros debería pasarles factura la historia o, como mínimo, las urnas pero ya el Conde-Duque de Olivares, en tiempos de Felipe V, decía que los valencianos éramos “más muelles”, es decir que nos podían pisotear y encima dábamos las gracias. A pesar de los siglos transcurridos, al parecer, todavía seguimos siendo “más muelles”.

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