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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Iniciativa social

Javier Úbeda Ibáñez
Redacción
domingo, 6 de enero de 2008, 07:45 h (CET)
La rigidez del constructo burocrático-mercantil, la interpenetración tan tupida hoy como ayer entre Estado y mercado, impide plantear de manera realista las relaciones entre lo privado y lo público, oscilantes siempre entre el oficialismo y su precario remedio, a saber, la privatización. No se advierte que la sociedad actual –cuya índole organizativa es la reticularidad compleja– impide de hecho una polarización tan esquemática entre mercado y Estado, indeseable también desde la perspectiva del despliegue de la libertad pública y la responsabilidad social. La propia concepción democrática de la ciudadanía demanda que se introduzca, al menos, un tercer término: el de la iniciativa social. Lo cual tiene la mayor relevancia, porque hoy sabemos que la clave para la solución de los problemas derivados de la creciente complejidad actual se encuentra precisamente en el aspecto relacional y ascendente que discurre desde la base ciudadana –desde lo que pasa en la calle– hasta las estructuras universales y abstractas de tipo político y económico. Y éste es precisamente el dinamismo propio de las iniciativas sociales, que acontecen también –más o menos espontáneamente– en el terreno mediático cuando las fuentes antropológicas del saber no se encuentran cegadas o reprimidas.

Las iniciativas sociales son intervenciones de las solidaridades primarias y secundarias en el ámbito social. Superando el inicial esquematismo de la alternativa privado/público, cabe resaltar que la índole de las iniciativas sociales no es estrictamente privada ni propiamente pública. Se engarzan en las redes relacionales y multidimensionales que componen el entramado de la sociedad postmoderna. Y nos dan la clave para la comprensión de lo que significa la nueva ciudadanía.

Lo que, de entrada, distingue a la nueva ciudadanía de la ciudadanía convencional (en sentido estrictamente moderno) es precisamente su estrecha conexión con la acción humana. Ser ciudadano no significa hoy principalmente pagar impuestos, recibir prestaciones sanitarias, tener la propiedad de un inmueble o vender unos títulos en la Bolsa. Ninguna de estas situaciones evoca en nosotros el sentido fuerte y sustantivo de la expresión ciudadanía que, si no quiere ser tautológico, se ha de referir al libre protagonismo cívico en la configuración de la sociedad.

Tal es la médula de lo que hoy muchos de nosotros queremos entender por democracia. Si una sociedad democráticamente configurada no facilita y fomenta la activa intervención de los ciudadanos en proyectos de relevancia pública, y especialmente en aquellos más estrechamente relacionados con la generación y transmisión de ideas, la frustración que provoca es inmediata y continua, justo porque actualmente las responsabilidades y afanes que merecen el calificativo de ciudadanos o cívicos no son tanto de tipo político o económico como de índole preferentemente cultural, es decir, de creación de sentido y de autorrealización de la propia identidad.

Nada menos realista –en contra de lo que pudiera suponerse desde el pragmatismo dominante– que atribuir a estas dimensiones cualitativas y humanistas un carácter ornamental o adjetivo. Era el error típico de los grupos más conservadores de nuestra sociedad, musicalmente ciegos para todo lo que pudiera implicar reflexiones de cierta hondura filosófica. Error al que más recientemente se han sumado, con entusiasmo de neófitos, los sectores autoconsiderados como progresistas, que han creído ver en este chato utilitarismo un factor de modernidad, precisamente cuando el rasgo central de la situación presente es la crisis de la modernidad. Pero es que, además, lo que a duras penas se podía considerar admisible hace unas décadas, resulta hoy del todo contraproducente y extemporáneo. Porque, en la sociedad del saber, el recurso clave que define la riqueza de las naciones ya no es la capacidad para producir y transformar materias primas, sino la densidad cultural y científica como caldo de cultivo para la generación de conocimientos nuevos. Y, por otra parte, los problemas más vivos que tenemos planteados en las sociedades del capitalismo tardío son precisamente de índole cualitativa y, por así decirlo, conceptual: la caída demográfica, los flujos migratorios, la mundialización, la marginación y disidencia interna, el terrorismo, la quiebra de la familia como institución, el espectacular descenso del nivel de la enseñanza, la corrupción económica y la crisis de la ética…

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