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Etiquetas:   La parte por el todo   -   Sección:   Opinión

Ya te llamo

Óscar Arce Ruiz
Óscar Arce
domingo, 6 de enero de 2008, 07:23 h (CET)
Una vez escuché que alguien decía que hay promesas que, en el momento de pronunciarse, uno sabe que no van a ser cumplidas. Hasta el momento de traducirse en palabras nada impide retirar la propuesta, pero cada fonema pesa como una losa en la memoria del otro.

Por eso, lo ideal a la hora de abrir la boca sería pensar antes en la intención y en las posibilidades de realización de la situación que prometemos con relación a otra persona.

Básicamente, podemos hablar de una intención positiva y una intención negativa. La primera supone que la promesa es una declaración firme de intenciones hacia la realización del objeto. La segunda es una huida hacia delante.

Esta segunda manera de tomarse una promesa es muy probable que desencadene una serie de circunstancias que lleven a la no realización efectiva de lo prometido. Es éste el tipo de promesas que uno sabe que no va a cumplir y a las que me refería al principio.

Solamente suponen un problema para alguna de las partes cuando quien recibe la promesa piensa que la intención del otro es la radicalmente opuesta. Por el contrario, cuando están de acuerdo las dos partes se liberan ambas en algún sentido y la promesa suele actuar como pacto de terminación de la relación social a distintos niveles. El ejemplo más claro es el “ya te llamaré”.

Pero si la intención es positiva, la resistencia al éxito en la puesta en práctica es escasa y, aun así, el resultado es una falta en la transición de la potencia al acto, entonces estamos ante un sabotaje del proceso.

Al limitarme anteriormente sólo a las intenciones de quien promete, dejo de lado voluntariamente las intenciones de quien recibe la promesa. Es en este momento cuando cabe decir que, en cualquier caso, si el receptor no quiere que la promesa se lleve a cabo, ésta no se efectuará o se efectuará de manera insuficiente.

Una sola exposición a un fenómeno de tal naturaleza es suficiente para que un “prometedor” deje de creer en el contrato que supone una promesa y concluya, apenado, que algunas promesas nacen para no ver culminada su finalidad sin saber que, en ese mismo instante, la promesa dejaría de serlo.

Porque no hay promesas sin la intención de realizarlas. Todo lo demás son diques de contención ante la fuerza de la mar que son las relaciones sociales.

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