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Etiquetas:   Carta al director  

Vuelve a la actualidad el pasado escondido

Antonio Pérez Gallego (Madrid)
Redacción
sábado, 5 de enero de 2008, 02:34 h (CET)
No podría decirse que para la mayoría de los españoles que han pasado, con creces, el ecuador de sus vidas la religión – católica, por supuesto – haya tenido poca trascendencia en su pasado.

Comenzando por la más temprana educación, y ante la más que discutible preparación técnica o de conocimientos que ofrecía la escuela estatal – que tampoco estaba exenta de moral católica -, la alternativa venía siempre de la mano de la “privada”. Y ésta, siempre era ofrecida por centros religiosos (si esta sigue siendo la norma hoy en día, imagínense entonces).

Junto a la asignatura de religión, gran cantidad de materias eran revestidas de una moral católica. Profesores y personal docente en general transmitían con convencimiento bondades y creencias, sin que sus exposiciones albergasen crítica alguna o pudiesen ser objeto de alternancias o puntos de vista diferentes.

Eran tiempos de connivencia entre el poder religioso y un estado que confesaba abiertamente su credo y en dónde era muy difícil distinguir dónde comenzaba la influencia o el poder religioso del estrictamente estatal.

La mayor parte de la sociedad se manifestaba abiertamente católica. No existía la unión entre parejas que no fuese la boda como sacramento, con todas las fanfarrias y consentimiento pleno del conjunto. Además de no estar regulados el divorcio o la unión de parejas de hecho (no digamos ya homosexuales) un solo comentario entre círculos cercanos podía constituir un auténtico sacrilegio.

Críticas que hoy hacemos a sociedades en donde aún continúa el fuerte arraigo religioso en la vida pública, se manifestaban latentes en una España reciente y, según parece, poco dispuesta a la pérdida de prebendas o favoritismos.

El sexo era borrado y su práctica se circunscribía tan sólo al ámbito de la familia cristiana. ¿Sólo? Aún diría más, en colegios religiosos, llegaba incluso a afirmarse como contraria a ley divina toda práctica sexual no encaminada a la procreación.

(Ya en una época preadolescente se nos advertían consignas sobre el pecado de determinadas prácticas como la masturbación)

Durante mucho tiempo tuvimos que poner en orden nuestras ideas. Superar traumas para eliminar los vestigios que toda educación impositiva merece y, una vez conseguido, al menos en parte, construir las bases del pensamiento propio, del libre ejercicio y reflexión necesarios para poder “llegar” a los asuntos por personal convencimiento, no asumiendo ideas o formas de vida de “otros” que, a fin de cuentas, debe ser la forma en la que la libertad se ejerce.

La reciente actualidad vuelve a traerme recuerdos que creía olvidados, desterrados.

Y es cuando mi todavía espíritu rebelde se manifiesta con más virulencia al comprobar que determinados aspectos y situaciones renacen con más fuerza que nunca, que aún queda mucho camino por recorrer cuando determinadas posturas excluyen otras de signo contrario. Que aún persisten la intolerancia y actitud de quienes no están dispuestos a admitir formas de vida contrarias a sus planteamientos. Y me pregunto por qué. ¿Por qué no pueden admitirse otras formas de pensamiento? ¿Por qué tendemos a excluir a quienes no se comportan o creen como nosotros? ¿Es ésta la doctrina o moral católicas?

Señores, todos los credos o creencias deben admitirse en una sociedad que dice llamarse democrática siempre que no obstaculicen o dificulten la convivencia del resto.

¿Por qué, entonces, se muestran tan poco proclives a admitir conductas diferentes?

Yo admitiría la crítica y oposición hacia quienes no permitiesen o interfiriesen el pleno desarrollo de sus modos de vida cristianos, ¿por qué no respetan los míos?

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