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Opinión
Etiquetas:   Con el telar a cuestas  

Cotilleando sobre cierto cotillón privado

Ángel Sáez
Ángel Sáez
sábado, 5 de enero de 2008, 02:02 h (CET)
(EL BELLO MONTE DE VENUS SIN VELLO DE ROSA)

“Para escribir bien se requiere una facilidad natural y una dificultad añadida, o, dicho de otro modo, escribir fácilmente por naturalidad y difícilmente por arte (por reflexión y por buen gusto, etc.)”. Joseph Joubert

Había dejado de buen grado al contrabajo de su gárrula y garrula esposa y a sus dilectos y selectos amigos manteniendo una animada conversación (aceptaré que los demás se refieran a ella, la misma, con otros términos, “discusión bizantina” o “disputa verbal”, verbigracia; y es que, según el moralista del exergo, que no publicó ningún libro en su vida, “es mejor debatir una cuestión sin resolverla que resolver una cuestión sin debatirla”) sobre los requisitos necesarios para escribir bien, considerando, o sea, teniendo en cuenta y presentes los criterios del susodicho autor francés, en uno de los salones señoriales, solemnes, de aquel remozado y estrellado hotel, donde acababan de dar la bienvenida al nuevo año, cuando, en la cola que se había ido formando ante al baño de las féminas, vista desde la que comenzaba a conformarse a la entrada del aseo de los varones, a mi amigo del alma Antonio Romera de Tarros le pareció reconocer en la otra fila a Rosa. Así que, ni corto ni perezoso, la saludó con un escueto “¡hola!”.

La escultural (por las cabal y clásicamente bien proporcionadas curvas de sus variopintos atributos) y atractiva venustidad, de lisos cabellos negros, con los ojos del color de la canela en rama o miel y el cutis del mismo aspecto que el azúcar moreno, tras disculparse, por no haber caído en la cuenta de quién era su interlocutor al instante, le contestó con otra pregunta:

– Perdona. ¿Nos conocemos, prenda?

– Nos conocimos, si no recuerdo mal, hace hoy un lustro justo, en un loco cotillón privado. Entonces servidor tenía más pelo en la cocorota y tú ninguno en el monte de Venus; menos arrugas en la cara y tú todas, concentradas, en torno a las valvas de tu vulva. Hace cinco años, lo que más me llamó la atención de ti, a la sazón vestida de conejita, Rosa, fue que llevaras rasurado el conejito.

– ¡Caramba! ¿Tú eres Toño, el amigo de Otramotro?

– El mismo.

– Pues que sepas que, desde entonces, nadie ha vuelto a sacarle tanto lustre a mi “chichi chachi” o “cho(bis)”, nadie. Nadie, Toño, ha vuelto a comerme el coño como tú, con tantas ganas, con tanta pasión como pusiste tú a la hora de procurarme aquel inolvidable rosario de orgasmos. Bueno; te dejo; que me toca “pisitar” a Roca.

– Entonces, Rosa, hasta dentro de otro lustro.

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