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Etiquetas:   Buñuelos de viento   -   Sección:   Opinión

Navidad, penosa navidad

Pedro de Hoyos
Pedro de Hoyos
@pedrodehoyos
viernes, 4 de enero de 2008, 02:57 h (CET)
Aún el alzheimer no ha hecho suficientes estragos en mí como para olvidarme de la ilusión y despilfarro de energías con que celebraba estas fiestas sólo unos años atrás, pero, qué quiere usté que le diga, ya nada es igual. Los mismos años que quitan fuerzas proporcionan serenidad. Y hartazgo.

Hay ya demasiadas cosas por las que no paso, la tolerancia nunca ha sido mi fuerte y no soporto que la sociedad me ordene que tengo que divertirme un montón, que ser extraordinariamente feliz y que ame a mis semejantes por encima de todas las cosas, que es algo insoportable, insufrible e intolerable, me cagüen tanta obligación navideña. No basta con ser moderadamente feliz, no basta con divertirse razonablemente, el exceso parece ser imprescindible en esta época. Cuando a uno le preguntan cómo lo ha pasado parece como que diera vergüenza decir que ha estado en casa, sin sobresaltos, soportando tranquilamente a cuñados, sobrinos y demás familia.

Porque ésa es otra realidad convenientemente oculta de las vacaciones navideñas. Encima vienen tus cuñaos a ocupar tu sillón favorito, a dormir en él la siesta mientras tú friegas los platos y a poner todo el día las televisiones de deportes. ¿No hay ocasiones en que maldita sea la gracia de la navidad? Pues encima tienes que convivir con esta caterva de parientes que parecen salir de la nada, disfrutan de tu casa con las manos en los bolsillos y se van cuando ya no queda más turrón. Y mientras buscas inútilmente temas de conversación para entretener con ellos las largas horas de inanidad, tus amigos de toda la vida, con los que de verdad querrías haber pasado las fiestas, siguen en los mismos garitos de siempre, que tanto te gustan, dándole al vino de Ribera sin echarte de menos.

Las navidades dejaron de gustarme el año en que alguien decidió que tenían que empezar justito después de la fiesta de todos los santos. No sé cuándo fue, pero cuando vi por primera vez que el híper de la ciudad colocaba los arcos de bombillas el tres de noviembre juré enemistad eterna entre estas celebraciones y yo. Ya dije el otro día en la tele de Canal 4 que el inicio de la navidad debía estar regulado por ley para hacerlas coincidir necesariamente con el sorteo de la lotería. Antes, pecado.

Ya termino, lector, pero aún quiero enviar un recado a tanto estúpido extranjerizante que se empeña en colocar en su balcón esa horterada vestida de rojo a modo de Papá Noel rampante. Es un proceso de desculturización que no puede llevarnos a buen puerto, es una pérdida de valores tradicionales vendidos al mejor postor anglosajón. ¿En qué son mejores que nosotros? ¿Acaso Europa termina en los Pirineos? Si yo tuviera un tirachinas y destreza en su uso se iba a enterar tanto ciudadano hortera vendido a tradiciones foráneas.

Y finalizo, más por falta de espacio que de ganas, con la fiesta de fin de año. Mayor obligación de ser feliz, más ruido, voces, música a toda pastilla, gentío, tumulto y follón hasta en el váter de casa. ¿En nombre de qué? ¿En nombre de qué hay que salir necesariamente, pagar un sueldo por ir donde va todo el mundo, dejar que te abracen incondicionales desconocidos, que el gilipollas de todas las fiestas te manche de cava barato y beber no se sabe qué a no se sabe qué precio?

Y si no sales de tu casa, peor, que a la mañana siguiente tendrás que apechugar con los restos mortales del jolgorio, con todos los muebles llenos de residuos de la cena, miles de platos por fregar, redondeles de copas en esa mesa tan antigua que te regaló la tía Eduvigis y un borracho desconocido durmiéndola sobre tu aparador.

Y siempre con la permanente obligación, volvemos a ella, de resistir los infumables programas de televisión hasta que se le ponga en las narices al último de tus familiares, no importa las veces que bosteces. Con lo cerquita que tienes tu cama, sólo un poco más allá, al fondo del pasillo.

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