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Abrazo paraguayo entre James Cason y Fidel Castro

Luis Agüero Wagner
Redacción
jueves, 3 de enero de 2008, 17:14 h (CET)
El director del periódico Le Monde Diplomatique, Ignacio Ramonet (entre muchos otros periodistas) en una extensa entrevista al líder revolucionario cubano Fidel Castro, se extiende sobre las divertidas y cómicas andanzas en Cuba del actual embajador norteamericano en Paraguay, nuestro ilustre mister James Cason.

Las peleas Cason versus Castro fueron, según la describen las crónicas épicas, sin tregua ni cuartel. Cuando el norteamericano acusaba al gobierno cubano de promover las salidas ilegales al negarle los permisos a ciudadanos con visa, Fidel Castro respondía acusando a Estados Unidos de buscar precipitar una crisis migratoria masiva. Si Cason lo acusaba de dictador intolerante, Fidel respondía con el arma que mejor maneja: las invectivas extremas.

En una catarata de vilipendios lo vapuleaba tratándole de personaje grotesco, que encarnaba el más repugnante y siniestro odio de George W. Bush por la revolución cubana, y que había llegado a La Habana para asumir directamente la jefatura de los grupos mercenarios. Eso además de financiar las provocaciones de los traidores a la causa de José Martí.

Fidel Castro también acusaba a nuestro distinguido embajador de organizar “congresos de periodistas” para protestar por la libertad de expresión en Cuba, aunque de las reuniones en realidad no participaba ninguna persona que haya estudiado la carrera o cuando menos ejercido de oficio el periodismo alguna vez.

Otro de los episodios del pugilato fue la construcción, por parte de Cason, de un tablero electrónico gigante frente a la oficina de negocios yanquis en La Habana, dirigida a una plaza pública, exclusivamente para difundir a través de él consignas e información anticastrista. El jefe de estado cubano resolvió el problema erigiendo en la plaza unos gigantescos mástiles enarbolando banderas que taparon la visual dejando inutilizado al coqueto artefacto de Cason.

Otra de las diversiones favoritas de nuestro actual embajador de George W. Bush en Paraguay durante su estadía en la mayor de las Antillas la constituyeron los arbolitos de navidad con leyendas similares a las que acostumbran lucir las pancartas de la colonia batistiana de Miami. Cason también se dedicó durante su estadía en la isla caribeña a fabricar calabozos -con ratas plásticas y cucarachas de goma- en el jardín de su casa para mostrar cómo –según él- viven los presos en Cuba, y puso un enorme número 75 en la SINA, para recordar a los disidentes detenidos en el año 2003. A esta acción, Fidel Castro respondió ordenando rodear la SINA de carteles sobre las infames torturas y vejaciones infligidas por los estadounidenses en Irak.

Así siguió la epopeya entre ambos colosos mientras duró la misión caribeña de Cason en Cuba, una versión soft de las aventuras de Rambo en Indochina. Pero como sabemos, todo concluye al fin, nada escapa al final y todo termina.
El tiempo fue pasando, y al parecer se fue llevando poco a poco los rencores de ambas partes, como las olas del mar se llevan la arena de las playas en el Caribe. Y, sorpresivamente, al final de tanta gresca, un buen día estos dos hombres que parecían revivir los buenos tiempos de la guerra fría en pleno tercer milenio con violentos rounds dignos de Foreman y Alí, al final de tanta disputa decidieron dejar atrás sus rencillas estériles y apoyar a los mismos personajes con miras a las elecciones paraguayas de abril de 2008.

Tal es así que los dos grupos más influyentes de la izquierda luguista, Tekojoja y PMas, no sólo han recibido el visto bueno de la revolución socialista más emblemática de Latinoamérica, también los dólares que distribuyen Cason y su Plan Umbral, la IAF, NED y USAID. Y es más, siguiendo el ejemplo de nuestros mayores, se disipó el visceral odio de la prensa ultraderechista paraguaya contra nuestros castristas, a juzgar por la forma tan cariñosa en que los “guevaristas” del luguismo son publicitados y defendidos por diarios y periodistas más maccartistas que Elia Kazán.

Bernard Baruch, consejero del presidente Roosevelt, utilizó el término “guerra fría” por primera vez en un debate en 1947 para designar a la rivalidad soviético-norteamericana, expresión que fue popularizada por el editorialista Walter Lippmann en sus columnas. La figura implícita graficaba el hecho evidente de que si la guerra se convertía en caliente, recurriendo a las armas termonucleares, nadie sobreviviría para cantar victoria.

Los incesantes llamados de los pontífices Juan XXIII y Pablo VI, los esfuerzos por la coexistencia pacífica entre Kruschev y Kennedy, el glastnov y la perestroika de Gorvachev, no pudieron evitar por décadas que Washington y Moscú utilizaran la intimidación, la propaganda, la subversión, la guerra local mediante aliados interpuestos en un enfrentamiento global que cobraría enormes cifras de vidas inocentes, y del que aún sobreviven resabios.

Lo que nadie hubiera esperado es que uno de los últimos estertores de aquella frialdad en Latinoamérica iría a derretirse en Paraguay, merced a la desconcertante capacidad de nuestra gloriosa izquierda paraguaya, capaz de unir por la misma causa a Fidel Castro y al representante de George W. Bush, mister James Cason.

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Luis Agüero Wagner es escritor e investigador paraguayo, autor de “Las Banderas de Mitre” y “La increíble historia de Jorge W. Arbusto.

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