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Etiquetas:   Con el telar a cuestas  

Celebro que tu cerebro libere la oxitocina que necesites

Ángel Sáez
Ángel Sáez
miércoles, 2 de enero de 2008, 10:42 h (CET)
A mi sobrina Rocío, que me tocó como amiga invisible para hoy, Nochevieja, en el sorteo que hicimos entre los familiares, tras la misa de Navidad.


“No existe el olvido total; las huellas, una vez impresas en el alma, son indestructibles”. Thomas de Quincey.

(Breve aclaración preliminar: Evidentemente, cuando el citado periodista, crítico y escritor británico urdió tales palabras, el doctor Alois Alzheimer aún no había descrito la enfermedad que lleva su apellido, causa de un sinfín de estragos en la mente humana.)

Hace muchos años, estando en el colegio-postulantado que los Padres Camilos tenían y regentaban en Navarrete (hoy, en el espacio que ocupaba el sobredicho y reconvertido inmueble, se alza un hotel de hechuras exquisitas, selectas, cuyos dueños tuvieron el buen gusto y la gentileza de mantener el nombre del patrono de enfermeros, san Camilo -de Lelis-), La Rioja, en el edificio anexo al principal, que sus usuarios conocíamos entonces como “la casa nueva”, tuve el honor y el privilegio de asistir, como testigo presencial y excepcional, al saludo que se dieron dos amigos del alma. Los protagonistas de aquel envidiable e indeleble abrazo, que no olvidaré mientras viva (siempre que el Alzheimer me respete, quiero decir, no haga con mi pesquis de las suyas, que no serán otras que contribuir a hacerme perder el control de mis facultades), fueron Salvador Pellicer, uno de nuestros formadores, profesor de Francés, y uno de los invitados, que, si no recuerdo mal, venían de Bilbao. Tengo para mí que, mientras duró aquel mutuo apretón de brazos, los sendos caletres de ambos abrazadores liberaron tales cantidades de oxitocina que, a la sazón, no creo que hubiera sobre la faz de la tierra un par de personas más felices que las que yo vi abrazarse con tan inmejorable demostración de Amor.

Dilecta Maximiliana Pérez:

Esta madrugada, en sueños, Morfeo me ha concedido la gratificante oportunidad de darte, por fin, un abrazo. Estoy seguro de que, si tú has tenido, durante la hodierna siesta, el mismo sueño, habrás sentido que nuestro abrazo ha estado a unas altura, anchura, intensidad y profundidad rayanas, semejantes, a las que otrora estuvo el de marras.

Desocupado lector:

Celebraré que, durante el bisiesto, tu cerebro segregue, cada vez que la necesites (y en las dosis que precises), la “bienestante” oxitocina, la alhaja con más quilates de cuantas hay en la joyería que regenta Amor.

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