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Etiquetas:   Perspectiva de Levante   -   Sección:   Opinión

La familia nos convoca

Domingo Delgado
Domingo Delgado
martes, 1 de enero de 2008, 14:57 h (CET)
La diócesis de Madrid ha organizado este fin de semana una concentración por la familia, coincidiendo con el día litúrgico de la Sagrada Familia, y ha invitado a cristianos de todos los lugares de España a sumarse a dicho evento en la plaza de Colón.

Realmente la situación que se está dando en el ámbito de la familia, sometida a profundos cambios y tensiones sociales, por la evolución de los tiempos y sus culturas, con los cambios de los valores tradicionales cristianos, está demandando un posicionamiento social en defensa de dichos valores por parte de los creyentes en la fe de la Iglesia.

En la actual situación en la que se encuentra España, con unos niveles de supuesto “progresismo”, inauditos en toda su historia, con unos profundos cambios sociales que en menos de 30 años han hecho evolucionar las costumbres sociales, desde planteamientos de familia nuclear tradicional, e incluso patriarcal, a la incorporación del divorcio rápido (divorcio express), las uniones de hecho, y los recientemente incorporados “matrimonios de homosexuales”, con reivindicación de igualdad de derechos y adopción, etc: a nadie nos debería extrañar que sectores mayoritarios de la sociedad, que hasta ahora han permanecido en silencio, o en un discreto segundo plano, se movilicen en defensa de sus concepciones de la familia, la vida y los valores éticos y sociales que consideran más conformes a sus convicciones y tradiciones. De igual manera que los colectivos progresistas se han ido movilizando para conseguir lo que el Estado les ha ido progresivamente reconociendo, dando lugar al cambio sustancial en nuestras costumbres sociales.

Resulta que, con independencia del hecho de progreso o retroceso de cada cambio social, de su calificación moral, está la consideración de un Estado democrático como el Estado español, en el que además de los deseos de los ciudadanos y sus voluntades a la hora de votar una u otra opción política para que legítimamente ejerza su función de representación, existen las presiones de los grupos sociales más activos, en la calle, y en la opinión publicada. De manera que resulta normal en el funcionamiento de la mayoría de nuestras sociedades democráticas, de las que España no es diferente, que la existencia de lobbys y grupos de interés o presión, ejerzan una extraordinaria influencia en la agenda gubernamental, e incluso en la toma de posición y decisión del Gobierno y de los partidos políticos, que en muchos casos quizá exceda a la representatividad real de dichos grupos de interés.

Por tanto, conocido uno de los mecanismos de nuestras modernas democracias, en razón a la capacidad de generar corrientes de opinión que marquen la agenda política, resulta lógico que los grupos antes inmóviles, socialmente hablando, se acaben movilizando ante la pérdida de influencia de los mismos, de su toma de consideración en la conformación democrática de la vida social. Porque cosa distinta es la intimidad de la vida privada, que en esto de los comportamientos familiares, o análogos tiene una gran parte de privado, si bien no podemos eludir la vertiente pública de los mismos.

De manera que esto ha venido a suceder en el ámbito de las cuestiones de la familia, ante el vertiginoso cambio dado por la legislación española en los últimos años, fruto de la toma de posición del gobierno de la Nación.

Que la Iglesia defienda su concepción familiar resulta lógico, e incluso hasta necesario, para que la toma de posición pública sea conforme a lo que se juega la sociedad española de seguir el progresivo deterioro de la institución familiar. Ello naturalmente, no obsta a que cada uno en su vida particular y privada viva como quiera libremente, ya que a nadie se le impone el modelo familiar de vida. Pero mientras haya una mayoría de ciudadanos que considere que la familia es una de las instituciones sociales clave (y eso lo reflejaba una reciente encuesta que cifraba los niveles de confianza en la institución familiar por encima del 70% de estimación), lo normal será que públicamente se mantenga dicha configuración y públicamente se la proteja, con ayudas sociales, económicas, de vivienda, etc. Y en esto nada malo se hace a los que por el contrario, pretenden vivir otro tipo de convivencia personal y privada. Mientras que si se sigue desatendiendo a la familia, ignorándola, relativizándola, como reducto del pasado, no somos conscientes del daño social que estamos haciendo y que pasará su factura en cuestión de no mucho tiempo. De hecho, ya lo estamos padeciendo: familias rotas, desquiciamiento de hijos que se sienten abandonados por padres en continuo estado de adolescencia que cambian de pareja a capricho, sensación de desarraigo, soledad y abandono de progenitores mayores, y demás miembros débiles o enfermos del núcleo familiar, que en una estructura de familia fuerte siempre encontraban el apoyo y el amparo de su propia familia.

Por tanto la familia, ha venido resolviendo con su asunción seria y amorosa de sus obligaciones, las necesidades de sus miembros, de crianza, educación de hijos, acogida y amparo de padres mayores, miembros más vulnerables y enfermos. Lo que se va perdiendo por la progresiva desestructuración del ámbito familiar, y ello nos llevará a la necesidad de mayores gastos públicos en servicios que suplan la impagable acción social y educacional que la familia ha venido realizando. En cuyo núcleo se vivía la solidaridad y el cariño entre sus miembros, la renuncia por el bien del otro, era escuela de virtudes humanas. En el clima de afecto natural que une a los miembros de una comunidad familiar, las personas son reconocidas y responsabilizadas en su integridad. Hecho que con su desestructuración evidencia profundas carencias en muchos seres humanos víctimas de rupturas, faltos de acogida, y todo ello se transmite con su negatividad al tejido social, donde va imponiéndose el individualismo aislacionista y egoísta, generador de inmadurez y hedonismo, con sus consecuentes frutos de insolidaridad social.

Así pues, no podemos menos que considerar a la familia como la primera sociedad natural, titular de derechos propios y originarios que la sitúa en el centro de la vida social, una sociedad a la medida de la familia es la mejor garantía contra toda tendencia de tipo individualista o colectivista, porque en ella, la persona es siempre el centro de la atención, en cuanto fin y nunca como medio.

Todo modelo social que busque el bien del hombre no puede prescindir de la centralidad y de la responsabilidad social de la familia. Por lo que las autoridades públicas no deben sustraer a la familia las tareas que puede desempeñar sola o con otras familias, sin perjuicio de la ayuda que le deban prestar para que cumpla sus fines.

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