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Etiquetas:   Con el telar a cuestas   -   Sección:   Opinión

Abra(cadabr)ham Lincoln y (gazape)Rodríguez Zapatero

Ángel Sáez
Ángel Sáez
lunes, 31 de diciembre de 2007, 04:48 h (CET)
A mi amiga Cristina Barú Ardao, por la llamada telefónica que me hizo el día de Nochebuena desde la República Oriental del Uruguay y la gestión que llevó a cabo con EL PAÍS charrúa para que se me publicara un texto que a ella le llamó la atención o gustó sobremanera.

“La claridad consiste en una acertada distribución de luz y sombra”. Johann Wolfgang von Goethe

Desocupado lector:

Sé que a usted no se le escapa que mucho de lo que escribo tiene a bien firmarlo uno de mis heterónimos femeninos predilectos, Ironía. Así que no negaré la evidencia. Ahora bien, servidor está plenamente convencido de que quien lee periódicos (de papel y digitales), revistas (de todo jaez) y libros (que, por lo general, tienen la rara virtud de hacer más libres a cuantos acarician sus páginas) con cierta asiduidad habrá dispuesto de más de una oportunidad para pasar y posar la vista en uno de los pensamientos que más fortuna han hecho de cuantos urdiera in illo témpore uno de los padres de la nación norteamericana, su presidente Abraham Lincoln, en concreto, el que nos enseña o recuerda que “puedes engañar a todo el mundo algún tiempo. Puedes engañar a algunos todo el tiempo. Pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo”. Dicho axioma, a pesar de los mil y un ímprobos esfuerzos o pretensiones insistentes del actual presidente del Gobierno de España, José Luis Rodríguez Zapatero, por abatirlo, por derogarlo, sigue estando en pie, vigente.

Asimismo, estoy persuadido de que, mientras los criterios de elección no cambien (o sea, venga a las papeletas de los comicios el reino nada hilarante, ni indignante, ni insultante, de las listas abiertas), la monarquía parlamentaria, el modelo político que recoge y reconoce la Constitución Española de 1978, no mejorará; quiero decir que los sonrojantes niveles democráticos, esto es, la inconcusa poquedad y parquedad, en cuanto a los índices de la representatividad y el parlamentarismo de los elegidos, seguirá estando por los suelos.

Tras los dos párrafos que preceden, caben hacer/se, al menos, dos inexcusables preguntas: ¿Le queda al mandamás del Ejecutivo todavía auditorio al que seducir, rendir, embelesar? ¿Le quedan gazapos que extraer de su chistera (que, por cierto, tiene de chiste bien poco)? Sólo el tiempo lo dirá.

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