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Etiquetas:   Buñuelos de viento   -   Sección:   Opinión

Sindicalismo delincuente

Pedro de Hoyos
Pedro de Hoyos
@pedrodehoyos
lunes, 31 de diciembre de 2007, 04:48 h (CET)
A todos nos ha tocado sufrirlo en alguna ocasión. Pocos ciudadanos que hayan vivido a caballo de los siglos XX y este XXI no se han visto afectados por el sindicalismo canalla, a casi todos nos ha tocado alguna vez. No todos los sindicalistas son canallas, pero hay una minoría sonora que con frecuencia se ven amparados por la dirección del sindicato.

Son imprescindibles los sindicatos, sin ellos esto no sería una democracia, nos dominaría la ley de la selva y el patrón más poderoso impondría su fuerza, la de su dinero y sus lacayos, sobre los trabajadores desunidos. Sobre nosotros. Sin sindicatos viviríamos en un mundo peor.

Pero todos podemos poner ejemplos suficientes de sindicalismo canalla, quizá lo vivimos a través de aquellos taxistas que rompieron las lunas de los coches de aquellos compañeros suyos que no se querían, en el dignísimo ejercicio de su libertad, sumar a la huelga de taxis. Sindicalismo salvaje.

Quizá lo sufrimos cuando aquellos manifestantes feroces amenazaron con destrozar aquel pequeño negocio familiar, cuando pusieron silicona en la frutería de la que comía una modesta familia; quizá cuando cuatro camioneros desalmados pincharon las ruedas de los vehículos de aquellos compañeros que prefirieron trabajar aquel día de la huelga de transportes. Creían, torpes, que eran libres y que podrían trabajar. Sindicalismo salvaje, sindicalismo canalla.

O quizá lo hemos padecido ahora mismo, con la huelga de limpieza del metro de Madrid, cuando iracundos trabajadores volcaban en las bocas del metro todas las inmundicias de los contenedores próximos. Sindicalismo salvaje, sindicalismo canalla. Sindicalismo que no cumple, siempre impune, abusiva y arbitrariamente los servicios mínimos acordados.

Sindicalismo salvaje, sindicalismo canalla, pero también delincuente es el de aquellos ¿sindicalistas? que creen que provocar accidentes entre los pasajeros les ayuda en sus, muy posiblemente, justas reivindicaciones, que piensan que uno o dos ciudadanos con las piernas rotas, que una o dos personas con la cabeza abierta serían una buena base en la que sustentarse para alcanzar sus, repito, muy posiblemente justas reivindicaciones. Sindicalismo salvaje, sindicalismo canalla, sindicalismo delincuente.

Pero ese sindicalismo delincuente es apoyado por sus propios jefes sindicales, que lo consienten, que callan y otorgan, que permiten que estos malhechores se salgan con la suya, que amparan, protegen y esconden a quienes cometen delitos permitiendo que se vayan de rositas. ¿No se llama a eso mafia? ¿Cómo se llama a quien ampara a un delincuente que voluntaria e ilegítimamente pone en peligro la integridad física de otros ciudadanos? ¿Dónde está el Estado que defiende a estos vecinos que iban a trabajar, a ver al novio, a descansar a casa después de una jornada de prolongado esfuerzo, y terminaron con sus huesos por el suelo? ¿Dónde está el Estado que persigue a esos delincuentes y a quienes les guardan las espaldas? Pero sobre todo, ¿dónde está la limpieza, la honradez y la ética de esos dirigentes sindicales? ¿Dónde, su comportamiento superior, civilizado, democrático y legal?

Y de manera muy especial, ¿dónde están esos altos dirigentes de los sindicatos mientras todas estas cosas pasan? Quizá están practicando delante del espejo a ver qué gesto les queda cuando se llenan la boca de palabras como Democracia, Derecho y Legitimidad. Y Libertad.

Y no sienten vergüenza de sí mismos.

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