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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

En la muerte de Benazir Bhutto

Diego Contreras (Sevilla)
Redacción
sábado, 29 de diciembre de 2007, 22:02 h (CET)
En la hora de su muerte, muchas cosas pueden decirse de Benazir Bhutto. Algunas buenas y algunas malas. Sin embargo, pocas personas pueden dudar de lo que esta mujer ha significado para la política internacional.

Hija de un político de la talla de Alí Bhutto, puede equipararse como una de las herederas de viejas dinastías políticas como los Ghandi en La India o los Kennedy de EE.UU. Por otra parte, su fisiología le iguala a personajes de la talla de Golda Meir o Margaret Thatcher, pues fue pionera en sustentar el poder en Pakistán con su doble condición de mujer y musulmana, hasta ahora la única que ha habido en un país musulmán. Su exquisita educación en universidades occidentales no le impidió sentirse comprometida con los más tradicionales valores del islamismo moderado; eso sí, con una pátina democrática de estilo anglo-sajón a la cual ella nunca renunció. Abandonó su cómodo exilio londinense para jugarse la vida y, a la postre, perderla. La sombra de la corrupción y el nepotismo siempre la perseguirá, pero su brillantez política y su carisma dejarán huérfanos a un país que, sin duda alguna, acaba de perder a su político de más talento. Descanse en paz.

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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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