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Etiquetas:   La tronera   -   Sección:   Opinión

Juan María Uriarte ante ETA

Jesús Salamanca
Jesús  Salamanca
viernes, 28 de diciembre de 2007, 23:02 h (CET)
Juan María Uriarte, nombrado obispo de San Sebastián para dar equilibrio y sentido común a una situación que se hacía insostenible, parece estar inmerso en un claro síndrome de Estocolmo. Para muchos de nosotros era la esperanza en el desierto del desencanto y poco a poco nos recuerda en algunos aspectos al emérito Setién.

Muchos acosados, perseguidos y amenazados por la banda están convencidos que la homilía de la misa de Navidad ha sido una obnubilación momentánea del señor obispo de Donosti. Tal vez acabó de leer el último libro de don José María Setién Alberro (“Un obispo vasco ante ETA”) y se le solaparon las contradicciones del obispo emérito. Eso de no ser un ‘nacionalista’ obispo ni un obispo ‘nacionalista’ sigue atormentando a los menos y confundiendo a los más.

La equiparación del sufrimiento de las víctimas con el de los verdugos da mucho que pensar y más que sospechar. Seamos claros: muchas familias echan de menos a algún miembro, porque ETA le arrancó su existencia; son las víctimas vivas que mantienen la luz del amor por el ser que falta y la llama del recuerdo permanente. Tal sufrimiento no es lo mismo que el que Uriarte dice que sienten las familias guipuzcoanas “que estos días echan especialmente de menos a un miembro en prisión”. Ese preso que recibe las ‘bendiciones’ de Etxerat y Askatasuna no es un preso político y sí un condenado por delitos de sangre, colaboración con banda armada o extorsión; es decir, ha elegido su futuro y su situación. Tiene lo que deseaba y, para más dolor, es apoyado por organizaciones que amenazan a comerciantes y empresarios, con el fin de que paguen los gastos de viaje de las familias abertzales con algún miembro preso, además del dinero a manos llenas que aporta para tal causa el PNV desde las instituciones. ¿Acaso eligió su futuro y situación la víctima de la ‘serpiente’ etarra?

El obispo de San Sebastián, Juan María Uriarte, se salta los pueblos de tres en tres. Entre el síndrome de Estocolmo que le atenaza y el afán por imitar al emérito Setién, se encuentra descontrolado y aturdido. Muchos fueron los fieles de la catedral donostiarra del Buen Pastor que se echaron las manos a la cabeza al comprobar que Juan Mari equiparaba el sufrimiento de ambas partes. La llamativa comparación estaba fuera de lugar en ese momento. Sospecho que Uriarte ha iniciado un camino escabroso que solo puede conducir a tener que buscar la defensa ante la permanente acusación, tal y como le sucedió a José María Setién.

Decía Setién, en una entrevista reciente, que su último libro no era una justificación. Pero todos sabemos que necesitaba exponer su postura, siempre rodeada de incomprensión. Pretendió ser comprensivo con las aspiraciones nacionalistas vascas y solo consiguió estar en conflicto permanente con la jerarquía eclesiástica. Nunca entendió que “no se puede tener dos yernos con una hija”, de ahí que rara fue la época en que estuvo a bien con el nacionalismo, con ETA y con la jerarquía a la que aún pertenece. De igual modo, Juan María Uriarte recorre un camino lleno de espinas que nada tiene que ver con el espinoso camino que siguió Jesús.

El actual obispo donostiarra no debe considerar, y mucho menos presentar, a la Iglesia como mediadora. Si lo quiere ser él, como de hecho lo ha sido, es su responsabilidad; pero como Juan María, nunca como representante de la Iglesia. No se entendería en esta época que la Iglesia cobijara a ETA. Y tampoco ETA debe ser escuchada si llegara a requerir los servicios de la Iglesia. Setién lo explica muy bien en su libro, como justificación de que muchos grupos utilizaran los servicios de la Iglesia, en su momento, y de ello se aprovechó ETA. Hoy la banda no tiene más apoyos que el de un sector del mundo abertzale y el de pequeños dictadores que consienten la formación de los cuadros etarras en su territorio.

Debe quedar muy claro que ETA ha traicionado a la Iglesia. ETA es un peligro para la izquierda abertzale. ETA es un lastre para el pueblo vasco. ¿Hay que hacer algo para la normalización de la situación vasca? Sí, sin duda; pero la negociación nunca será el camino. Llegados hasta aquí, solo el Estado de Derecho tiene medios suficientes. Otra cosa bien distinta es que se quiera acabar con la banda. ¿Quién o quiénes están interesados en que siga existiendo ETA? ¿Qué sería del PNV sin ETA?

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