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Etiquetas:   Con el telar a cuestas   -   Sección:   Opinión

Las anécdotas hilarantes del 'metisaca' y del 'chichi chachi' o 'cho(bis)' (I)

Ángel Sáez
Ángel Sáez
viernes, 28 de diciembre de 2007, 23:02 h (CET)
“El éxito es el fracaso que muda de repente de rumbo”. Emilio González, “Metomentodo”


El hijo menor de un matrimonio con posibles, pero mal avenido, halló, in fraganti, quiero decir que pilló (porque el tal crío era, en verdad, un pillo –y hasta un diablillo-) cierto día a su padre en clara disposición sicalíptica, o sea, en trance de hacer el amor o echarle un “eroskiki” o “rapapolvo”, llevando, eso sí, el dedo sin uña enfundado en el preceptivo y profiláctico “atrapapolvo”, a Bernarda, la fámula o mucama, en el (permítaseme este guiño cariñoso a la persona que, siendo servidor, el abajo firmante, un adolescente, estando interno en aquel celestial colegio o edén, nos enseñaba y divertía a la chavalería con sus mil y una charadas –que no chorradas- y acertijos) medio y el final de la susodicha, que era la suya (de los padres del voyeur). El infante (un inopinado mirón en acto), espectador privilegiado de una “peli” de dos (y aun más) rombos (anagrama de morbos), finalizado el combate (encogido y recogido el bate), idos los moros de los mares, esto es, despejada la costa, acudió veloz y locuaz a confesarle a su progenitora hasta los pelos y las señales (cicatrices y tatuajes incluidos) de cuanto había contemplado, escondido detrás de un biombo. La madre se tragó de un solo sorbo la afrenta o el sapo y en aquel mismo momento maquinó sutilmente su desquite o venganza.

–Guarda, hijo, todo lo que viste, que será nuestro secreto compartido, en tu memoria; ya lo contarás, de cabo a rabo, cuando mamá te lo pida (le dijo y aleccionó al muchacho), que será pronto, cuando convenga.

A los diez días justos del suceso, con ocasión del octogésimo cuarto cumpleaños del patriarca de la familia, tras una comida pantagruélica, a la que habían sido invitados y habían asistido todos los deudos del agasajado abuelo, que superaban, de largo, la treintena, y después de los brindis de rigor por la salud del yayo y el canto imprescindible del “porque es un abuelo excelente, porque es un abuelo excelente, porque es un abuelo excelente y siempre lo será”, la madre del pergeñado desmadre le conminó al chaval a que contara entonces la anécdota del “metisaca”.

El crío, ayudado de un cubierto, cuchara, tenedor o cuchillo, que hizo chocar repetidamente contra una copa de vino vacía, reclamó la atención de sus allegados y pidió silencio. Cuando éste, por fin, se hizo, se arrancó:

(Mañana continuará.)

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