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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Nada

Juan Escribano Valero (Madrid)
Redacción
viernes, 28 de diciembre de 2007, 14:06 h (CET)
Decía Groucho Marx: “En mi opinión la televisión es muy educativa. Cada vez que alguien enciende el aparato me voy a otra habitación y me pongo a leer un libro”.

La otra noche no tenía ganas de leer y decidí ver un rato la televisión, zapeando llegue a Tele 5, a un programa que se llama “ESCENAS DE MATRIMONIOS”, lo vi tan basto, tan grosero, tan soez, de tan mal gusto que le hice caso a Groucho y me fui a la habitación que me sirve de despacho dispuesto a escribir algo que desagraviara a la mayoría de los matrimonios tan lejos de esas burdas caricaturas que nos ofrece Tele 5.

Tengo cuatro nietos, Aitor tiene 11 años y vive en Vitoria, los otros tres viven cerca de casa, Juan tiene7 años, Elena 5 y Luis 2 años no cumplidos. Hoy, Luis se ha quedado a dormir en casa, tanto mi mujer como mi nieto hace rato que se han ido a la cama, yo pluma en ristre (no soy capaz de escribir directamente en el ordenador) sentado frente a la mesa de mi escritorio sobre la que reposan unas cuartillas en blanco, me dispongo a escribir algo, pero.. ¿Quée?. Las ideas se agolpan en confuso tropel en mi cerebro y no soy capaz de ordenarlas. Yo sigo llenando de garabatos las cuartillas sin que me salga nada coherente. Voy a mi habitación en busca de mi libro de cabecera que me sirva de picaporte para llamar a las puertas de la inspiración; al encender la luz, mi mujer se despierta y me dice algo, yo la doy un beso y también le digo algo, que..... Bueno no lo voy a contar porque vais a decir que tanto mi mujer como yo somos unos cursis Pero acaso ¿el amor no se alimenta con esas cosas que cuando las vemos en otros llamamos cursilerías?.
Al regresar a mi mesa de escritorio, cuando estaba a punto de sentarme, mi nieto comienza a lloriquear. Voy a su camita y sin encender la luz, solo con la que entra por la puerta desde el pasillo, lo acaricio, lo tapo con la manta y le pongo el chupete, el niño parece agradecerlo pues en sus labios se dibuja una sonrisa. Con mucho cuidado, me inclino sobre el y le doy un beso en la frente y, en el fondo de mi alma brota un grito muy fuerte que no pronuncian mis labios por no despertar a los que duermen. ¡Dios mío, gracias!. Por haber llenado mi vida con una esposa buena dos hijos y tres hijas maravillosos y con estas criaturitas tuyas que tanto llenan mi vida. Y no me da vergüenza deciros, que mis ojos se humedecen con lágrimas de gozo y agradecimiento a Dios.

Regreso a mi mesa, no necesito el libro. Mis ideas están ordenadas. He decidido contaros las incidencias de unas horas de vigilia que me ocurrieron una noche de diciembre en que decidí escribir algo, que como veis es nada. Pero... ¿Acaso nada no es ya algo?

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