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Etiquetas:   Buñuelos de viento   -   Sección:   Opinión

Maradona, Castro, Ahmadineyad

Pedro de Hoyos
Pedro de Hoyos
@pedrodehoyos
jueves, 27 de diciembre de 2007, 01:33 h (CET)
Personalmente creo que venimos a esta vida con un argumento diseñado previamente y del que con frecuencia intentamos escaparnos. A veces incluso tenemos suerte y lo logramos. Por ejemplo, esta columna no es más que una vía rápida de escapismo que me inventé hace ya más de una década para compensar otras carencias.

No es frecuente que tengamos la posibilidad de representar varios papeles distintos a lo largo del tiempo de nuestra existencia, casi siempre debemos conformarnos con las múltiples facetas que suele tener el personaje que nos ha correspondido en el reparto de esta tragicomedia vital. Nacemos con un conjunto de habilidades e intentamos desarrollarlas, lo que no impide que a veces busquemos nuevos cometidos, otros papeles que representar. Pero si nos toca el papel de un aclamado empresario o un simple maestro de escuela, puede resultar ridículo empeñarnos en ser un delantero centro goleador, pongamos por ejemplo. No todo es incompatible, pero la especialización que exige la sociedad complica un tanto la cosa.

Si nos ha correspondido el importante papel mediático de un astro del deporte o de la escena la fama nos facilitará la vida y hasta nos permitirá aparentar infinitamente más de lo que somos. Pero el acceso a este papel es muy complicado y la competencia suele ser brutal. Diego Armando Maradona ha sido uno de los seres humanos agraciados con esta importante lotería que permite a algunos una calidad de vida y un nivel de influencia en la sociedad superiores a la mayoría.

Fue sin duda el número uno de su momento, coleccionando aplausos y admiraciones por todo el planeta a lo largo de su célebre vida como futbolista. Otro gallo le cantó cuando colgó las botas y se vio privado de los elogios y la notoriedad que sus facultades deportivas le habían proporcionado. Su éxito en la vida pública no le acompañó en la vida privada, cayendo en la droga hasta poner en peligro su propia vida. El aplaudido futbolista no sabía ser hombre discreto.

Tiene que ser duro cambiar de vida tan drásticamente. Hace tiempo que Diego Armando, quizá echando de menos el circo mediático que siempre le acompañaba, se propuso ser recordado por otros motivos. Se definió de izquierdas y decidió que los mortales deberíamos escuchar sus prédicas políticas. El líder de la cancha quería serlo también en la vida real. En la dura vida real. El hombre de las piernas de oro no se paró a pensar en que ahora debería usar más la cabeza y siguió enredando con sus extremidades inferiores. Es la única forma de comprender que quien no había sabido manejar su propia existencia decidiera apoyar pública y altaneramente a gentes tan execrables como Fidel Castro. Es curioso como algunos famosos que viven en una democracia acostumbran a negar el mismo derecho a sus semejantes.

Evidentemente a Maradona no le va este nuevo papel en el teatro del mundo, ser un genio del fútbol no significa tener unas opiniones sabiamente fundadas, ni tener dos piernas extraordinarias implica tener un cerebro privilegiado. Mejor hubiera hecho perfeccionando su papel de jubilado precoz, dedicándose a su familia, sus negocios y a obras de caridad, como hacen otros tan buenos como él pero más sabios. Este hombre derrotado por la vida, este ídolo de pies de barro debe creerse el nuevo mesías del siglo XXI, sigue predicando su revolución nacionalfutbolista y ahora en su permanente empeño en cambiar el mundo nos ofrece sus simpatías por el revolucionario Mahmud Ahmadinejad, el líder de Irán.

Que el mundo está loco, loco, loco es evidente. O si no Maradona no nos propondría a este hombre como ejemplo de justicia, como ejemplo de virtud y buen gobierno, como líder para un mundo libre. Este peligroso personaje, que mantiene sojuzgado a todo un pueblo y que azota a las mujeres que salen a la calle con la cabeza descubierta puede ser cualquier cosa menos alguien digno de ser ensalzado, de ser puesto como ejemplo ante la Humanidad.

A lo más que llega es a parecerse a Castro. En eso sí que es fácil estar de acuerdo.

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