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El Papa armó el Belén

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
lunes, 24 de diciembre de 2007, 04:01 h (CET)
Benedicto XVI, este Papa teutón y elegante cabeza visible de la Iglesia, ha llegado al Vaticano con ideas revolucionarias, aunque no siempre la palabra revolución significa evolución. El antaño Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, organismo encargado de que nadie en la Iglesia se desvíe del buen camino, llegó a la sede de San Pedro en Roma con sus zapatos rojos, relucientes y de excelente y cara factura y, de repente, lanzó la idea de volver a los latinajos en los oficios religiosos. Si el entrañable Juan XXIII y el Concilio Vaticano II habían intentado acercar la Iglesia al pueblo llano con detalles como suprimir en lo posible el latín en las misas y hacer que las mismas fueran dichas en la lengua empleada por los fieles este Ratzinger, desde su trono, ha comenzado a abrir una puerta a la vuelta del latín a los oficios religiosos y a la parafernalia excluyente de las misas de espaldas al pueblo. No olvidemos que en su anterior cargo fue un firme baluarte contra los defensores de la llamada “Teología de la liberación” a los que fue fulminando y apartando de sus cargos y de la enseñanza.

Desde el año 1982 y a instancias del entonces Papa, Juan Pablo II, se viene instalando al lado del Obelisco que está junto a la basílica de San Pedro un “belén” a la manera tradicional, como se hace en tantas y tantas plazas de ciudades o en multitud de hogares de la geografía de ámbito católico. Hasta este año el belén respondía a los cánones más estrictos de la ortodoxia y en él aparecían todos los elementos de la iconografía belenistica tradicional: el establo con su buey y su burro, los ángeles en actitud genuflexa o volando por los cielos al lado de la estrella que guía a los Magos de Oriente, los pastores, o ese río en el que siempre una noria gira y gira, lo único que nunca apareció en el belén vaticano es la figura del “caganer”, ese pastor acurrucado por una perentoria necesidad evacuatoria que nunca falta en los nacimientos o “pessebres” del ámbito lingüístico catalán.

Pero en este año del Señor de 2007 Su Santidad Benedicto XVI ha decidido que aquella frase de “renovarse o morir” también es aplicable en el ámbito del Vaticano y el belén que verán quienes se acerquen hasta allí, y que será inaugurado el día de Noche Buena, va a ser un nacimiento alejado de la ortodoxia católica y que va a dar mucho que hablar y, tal vez, a cambiar y revolucionar la historia sagrada que nos enseñaron de niños en los colegios. Hasta ahora al hijo de Dios, y Dios él mismo junto con la paloma que representa al Espíritu Santo, había nacido en la población de Belén y en un pesebre, tal y como dice el evangelista Lucas: “lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre porque para ellos no había sitio en la posada”. Ya saben ustedes aquella parte de la historia en la que se nos cuenta que debido a una orden de los romanos debían empadronarse y José y María acudieron a Belén donde los dolores del parto atacaron a María quien dio a luz un varón sin haber conocido, en el sentido bíblico, varón. Otro misterio como el de la paloma, el hijo del carpintero y el Dios de los cielos.

Cuando el lunes los habitantes de Roma acudan a ver el belén vaticano se van a encontrar con un nuevo escenario. Ya no habrá ni buey, ni mula o asno, ni estrellas ni pastores, ni, tan siquiera, pesebre. Jesús habrá nacido en casa de José, lo que da a entender que nació en Nazaret y no en Belén, y en lugar de recibir el aliento del buey y la mula se verá rodeado por las herramientas de carpintería de su padre putativo. Y es que, al parecer, Ratzinger ha ordenado seguir las pautas establecidas por el evangelista Mateo quien en su relato de los hechos aunque no lo dice expresamente da a entender que Jesús nació en la carpintería del que sería su padre.

La polémica está servida, aunque ya se sabe que en esto de las interpretaciones de las Sagradas Escrituras hay opiniones para todos los gustos, incluso durante una larga etapa la misma Iglesia impedía u obstaculizaba su lectura para impedir que sus seguidores sacaran sus propias conclusiones y que estas no fueran al alimón con las de la autoridad eclesiástica correspondiente. Si esta nueva costumbre vaticana arraiga no se que haremos con todas las figuritas que, a lo largo de los años, hemos ido acumulando y que cada Navidad nos sirven para montar nuestro propio belén casero, ya me veo cambiando el tradicional portal por un taller lleno de virutas, escoplos y maderas recién cepilladas y jubilando a los pastores y a los Reyes Magos. Si esto sucede si que podremos decir alto y fuerte que “el Papa armó el Belén”.

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