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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

¿Pueden, los católicos, votar a los defensores del aborto?

Miguel Massanet
Miguel Massanet
lunes, 24 de diciembre de 2007, 04:01 h (CET)
Puedo comprender que la Iglesia católica se deba manifestar prudente ante el caos moral en el que nos han sumergido el señor Rodríguez Zapatero y su gobierno de feministas e incompetentes ministros que, si no fuera por no darles más alas a los dignatarios de los países extranjeros, que tienen las mandíbulas desencajadas de tanto carcajearse de nosotros; debería de reconocer paladinamente que se trata del peor grupo de gobernantes que jamás haya padecido esta nación en todo lo que lleva de su historia. Es evidente que cualquier manifestación que saliera de la Conferencia Episcopal, haciendo una recomendación a los católicos respecto al sentido del voto que deberían depositar en las urnas, el 9 de marzo del próximo año, supondría un acicate irreprimible para toda esta patulea de progresistas que tan bien saben hacerle el caldo gordo al Gobierno. Claro que, aprovechando la ocasión, podemos decir que tienen motivo para estarle agradecidos a ZP y los suyos, porque no hay duda que sabe pagarles sus favores políticos, su entrega y sus impagables protestas, acusaciones, pitorreos, manifestaciones e insidias contra todo aquellos que suene a derecha y religión; porque este absurdo, anticonstitucional y esperpéntico gravamen que se han inventado para compensar la real y supuesta piratería, es el favor más grande que se le haya podido hacer a los de la farándula y compañía.

No obstante, uno, que no tiene por qué reprimirse y que, además, a pesar de sus múltiples defectos y pecados, todavía conserva sus raíces católicas; cree que no estaría mal recordarles a los ciudadanos, pertenezcan al partido que pertenezcan o sean de izquierdas o de derechas, pero que tengan el denominador común de ser católicos que, si de verdad se sienten integrados en esta religión, si creen en un más allá trascendente y en los Mandamientos de la Ley de Dios, que dediquen unos instantes a meditar sobre lo que el gobierno del señor ZP nos ha dejado después de cuatro años de ostentación del poder. En primer lugar, lo que más nos debe chocar es las compañías de las que se ha valido para dejar inoperante al partido de la Oposición. El hecho incuestionable de que el Presidente de una nación, como la española, se dedique en cuerpo y alma a facilitar su desmembramiento es algo así como hacerse el famoso harakiri japonés. Es común que haya grupos étnicos en una nación, que tengan aspiraciones independentistas aunque, en el caso de España, estas facciones tengan pocos motivos para pedirla ya que son los que más se vienen aprovechando de su preponderancia sobre el resto de autonomías; pero que el gobierno Central sea quien les facilite los medios para conseguir sus fines es algo que sólo se puede calificar de demencial.

Otro punto importante es, que siendo España, según establece la Constitución, un estado aconfesional, da la sensación de que, para el actual Gobierno, lo de “aconfesional” lo identifica como una patente de corso para atacar a la Iglesia Católica; actitud que contrasta con la flexibilidad y facilidades con las que acoge al resto de religiones. Por ejemplo, vemos la buena acogida que se les ha dado a los islamistas y a la instauración de mezquitas en nuestro suelo, lo cual no tiene nada de malo en sí, si no fuera que se ha estado recriminando a los católicos su oposición a los matrimonios de homosexuales y la supuesta discriminación de la mujer y, vean por donde, resulta que en el Islam a los homosexuales los encarcelan y a las mujeres las relegan a meras servidoras de sus maridos, sin derecho a rebelarse ni a oponerse a sus deseos. Y lo más curioso es que, todos estos de la farándula, gays, lesbianas y antisistema no se han atrevido a levantar la voz denunciándolo y, mucho menos, han hecho chistes, chirigota ni caricaturas referentes a los mahometanos; al contrario de su actitud descaradamente irreverente, obscena y humillante hacia la religión católica, sus representantes y sus símbolos.

No menos lamentable y rechazable para un católico es la forma en la que la ley está tratando el tema del aborto. Todos sabemos que la vida humana es sagrada y uno de los derechos fundamentales que nos garantiza la Constitución; no obstante, observen la contradicción que se produce cuando se habla de este bien supremo, porque para algunos – los de las izquierdas – no les importa establecer distinciones, separando el derecho a la vida de los seres nacidos de aquel de los que esperan en el vientre de sus madres. Para los primeros, hayan matado, hayan torturado, robado o causado genocidios proscriben que se les aplique la pena capital; pero en un ejercicio de la más pura y repugnante demagogia, hipocresía e injusticia, aceptan sin pestañear que un ser inocente, indefenso y con derecho a vivir, como cualquier otro, pueda ser privado de su derecho a nacer por el simple capricho de una madre desnaturalizada que antepone su comodidad, su egoísmo y su sadismo a lo que debiera ser un amor maternal.

Me temo que existen muchos ciudadanos que se llaman a si mismos católicos que, cuando llega la hora de comparecer ante las urnas para depositar su voto, aquel que determinará la clase de gobierno que vamos a tener en España, se olvidan de sus deberes como practicantes de una religión donde se predica el amor y el respeto a la vida, para dejarse llevar por otros sentimientos menos altruistas y, por supuesto, poco acordes con sus deberes como miembros de la comunidad cristiana. No puedo estar conforme con aquellos que propugnan la separación de la creencias religiosas y morales de las cuestiones políticas, porque ambas están íntimamente relacionadas y no se puede ser a la vez objetores ante la pena de muerte y defensores del crimen del aborto. No se puede ir a misa y repicar o llamarse católico y admitir que la sociedad se convierta en un paraíso de la sensualidad desbocada, un lugar donde impera el vicio legalizado y se equipara el matrimonio católico al de homosexuales, como si se aplicara aquello de: una vela al Santo y otra al Diablo o sea, jugar con las dos barajas. O se opta por el camino difícil y lleno de obstáculos que nos propone la Iglesia Católica, quien, por cierto, no obliga a nadie a pertenecer a ella o se sigue por la avenida de lo fácil e inmanente a la naturaleza irracional del hombre; pero jugar a dos barajas no está permitido y aquel que se crea que pueda ajustar los Mandamientos a su particular antojo, que no se llame católico porque no lo es. Es evidente que, si somos miembros de la comunidad católica, nos está vedado prestar nuestro apoyo a un Gobierno que practica y defiende conductas y actitudes que van en contra de los principios que deben regir nuestra fe y moral católicas. ¡Podemos ser ateos o cristianos, pero no seamos hipócritas!

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