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Etiquetas:   Con el telar a cuestas   -   Sección:   Opinión

Epístola abierta a Tina Álvarez

Ángel Sáez
Ángel Sáez
lunes, 24 de diciembre de 2007, 04:01 h (CET)
“La crítica puede ser verdadera, pero no es, aun así, toda la verdad. Es interesante estar entre bambalinas, pero no es allí donde mejor se ve la obra”. John Lubbock

Dilecta Tina: Déjame urdirte que a veces, como todo ser humano (servidor no escapa ni es una excepción a la susodicha regla), eres profunda y radicalmente contradictoria. Si no querías dar lástima, ¿por qué me has contado una historia tan lacrimosa?

Como todo lo que hemos vivido nos influye, debo confesarte y comentarte que, a pesar de que exhalara un tufo refractario a mentira, un relato de “la otra”, a propósito del cáncer (que servidor también ha padecido; desde el 2001 libro o mantengo un arduo y duro combate contra él), visto por ella como su pretendiente más perseverante, hizo que el que firma abajo cayera como un ceporro en su tela de araña.

La mayor fortuna que uno puede recibir es la que le ayuda a poner fin a algo ya proverbial, “tapar agujeros”, quiero decir, pagar las deudas contraídas con los deudos y las entidades crediticias que sean y a vivir feliz con los seres más allegados, familiares y amigos, y los enseres, pocos o muchos, que se poseen, sacándole el máximo jugo, partido o rédito a la vida, o sea, disfrutando a tope de las pequeñas cosas, que, con el lento transcurrir del tiempo y el uso congruente y consecuente del talento, suelen devenir grandes, y aun de tamaño colosal, ciclópeo, porque, una vez idas, diluidas, nos damos cuenta de lo importantes que eran, de cuánto era el bien que nos hacían.

La felicidad no está ligada ni es directamente proporcional a los ceros que hay a la derecha o los dígitos que tiene nuestra cuenta corriente o libreta de ahorro. Una vez satisfechas las necesidades más perentorias, la felicidad, la alegría y las ganas de vivir, tienen que ver más con la recompensa personal que obtenemos por nuestro sacrificio particular, con aquello que sacamos de nuestro esfuerzo diario, individual, sostenido, que con cualesquiera otras cosas.

Concluiré, Tina, esta epístola regresando al punto de partida o autor del arranque, esto es, recordando otro pensamiento del primer barón de Avebury (1834-1913), que dice, en concreto, lo que sigue: “La primera y más elevada ambición que pueda tener un hombre es la de cumplir con su deber y la de gobernar su alma, que es su verdadero reino”. Félix Unamuno

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