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Etiquetas:   Cesta de Dulcinea   -   Sección:   Opinión

El calvo, los niños loteros y otras huidas

Nieves Fernández
Nieves Fernández
domingo, 23 de diciembre de 2007, 07:59 h (CET)
Desde que el famoso personaje de crónica alopecia ya no recorre las calles y plazas con su brillante calva repartiendo dosis de ilusión y felicidad, en sendas dosis de pantalla televisiva, dicen que se vende menos lotería navideña.

Tan importante ha sido su figura mediática que se le han atribuido características tan importantes como la de ser el símbolo del verdadero espíritu navideño reencarnado en un ser extraño que cambia las vidas de los que por suerte le ven el pelo, todo es un decir...

Ignoramos qué ha sido de este personaje que un día apareció sin avisar entre los paisajes más fríos del invierno como igualmente sin avisar desapareció. Probablemente ahora, con una dosis pequeñísima de la suerte que reparte, sea portador de una gran cabellera que le haga escaquearse entre las administraciones de lotería para comprar su propio décimo, porque a quién se le oculta que es una personita de a pie y que como todos necesitará de esa pequeña dosis de ilusión anual para crearse y creerse sus propios sueños, y así empezar el año pensando en un futuro próspero o como la mayoría de los que no le toca la lotería, lanzando vivas a la salud y al trabajo.

El calvo de la Navidad podía ser una bruja como elemento de magia y de suerte, de hecho ya existe este símbolo en alguna administración de lotería de las que en sus proximidades se guardan colas de frío, colas de espera y esperanza para que la brujita haga cambiar las vidas, aunque la que se ha hecho verdaderamente de oro es la misma bruja que así se llama, “la bruixad´or”, sin embargo nuestro calvo prefiere reinventarse en las vacaciones de invierno para ser un nuevo icono de la suerte, por eso desde que ha desaparecido se le echa de menos, se desea que aparezca en una esquina y que pueda divisar o acariciar su calva, siquiera rozarla o acariciarla con el décimo como se hace con los pobres jorobados.

Somos bien extraños los seres humanos, que decía El Principito, compramos un número fetiche sólo porque nos recuerda a la fecha de una buena o incluso una mala noticia, nos rodeamos de la inocencia de unos niños, ríete tú de la apología de la ludopatía, pero como todo se viste de la magia de la Navidad, o mejor dicho de la magia artificial de las fechas navideñas, nos inventamos niños que cantan números mágicos con un ritmo monótono inmersos en esa navideña numerología, mientras los mayores nos cuentan anécdotas de esta tradición ancestral.

Ayer el protagonista era el calvo, hoy lo son los niños que repiten los números hasta la extenuación junto a los portadores de los números afortunados.

Debe ser magia, créanme, pero cuando estaba corrigiendo este escrito vi un calvo exactamente igual al del anuncio televisivo, me acerqué hasta su espalda e, ¡ilusa de mí!, su perfil me demostró que era un señor calvo con mucho menos carisma navideño que el de la tele, por si acaso aproveché que se agachó a ver un escaparate para rozarle con un décimo en su calvicie. La próxima semana les cuento si la suerte de la lotería es cosa de simpáticos calvos, de niños cantores o sólo es una huida mágica y humana para conseguir los bienes, materiales o no, que jamás conseguiremos al acabar el año.

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