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Etiquetas:   Crítica de cine   -   Sección:   Cine

'Irina Palm': Cimbreos en la oscuridad

Gonzalo G. Velasco
Gonzalo G. Velasco
sábado, 16 de febrero de 2008, 03:14 h (CET)
Dicen que una madre es capaz de hacer cualquier cosa por su hijo, pero yo siempre he estado convencido de que las abuelas todavía son capaces de hacer más cosas por los nietos que las madres por sus hijos. Lo que hace Marianne Faithfull, pletórica en su decadencia, para reunir dinero con el que pagar el tratamiento médico de su nieto moribundo en Irina Palm, es una buena prueba de lo que digo. ¿Y qué hace la Faithfull en esta modesta película que bebe de los códigos del cine realista británico para convertirlo, a través de una sabia gestión de sus clichés, en un cuento de hadas? Pues agitar la muñeca al otro lado de un Glory Hole.

Como me imagino que no todos ustedes están habituados a esta terminología pornófila, les dire que un Glory Hole es un servicio sexual ofrecido por algunos establecimientos del sector de la fricción de pago que consiste en lo siguiente: el cliente introduce su pene a través de un agujero en la pared y alguien anónimo se encarga de masturbarlo, bien sea oral o manualmente, desde el habitáculo contiguo. Pues bien, se ve que al director Sam Garbarski esto de los Glory Holes le ha parecido una metáfora muy sabrosa acerca de las barreras existentes en nuestra sociedad y, de ahí que, a partir de una premisa tan estimulante en todos los sentidos, haya filmado una película de casi dos horas que bien podría quedarse en la mitad, o incluso en un corto, sin que ello perjudicara en absoluto las intenciones del realizador. Porque la verdad es que Irina Palm tiene su gracia durante un rato, pero llega un momento en que tanto meneo termina por aburrir a pesar de la excelente labor de Marianne Faithfull, sin duda, lo mejor de la función.

La razones de este hastío proceden de distintos frentes: de un lado, la música monocorde (aunque acorde con la cansina puesta en escena del director), es de esas que te hacen pensar en que igual los detractores más radicales de la música extradiegética tienen algo de razón, y de otro, resulta por lo menos molesto que un film que se las da de provocador e irreverente haga gala, a la postre, de la misma docilidad políticamente correcta que un episodio de Los Lunnis. No me refiero con esto al hecho de que no haya en Irina Palm ni un solo plano de sexo explícito, pues tal decisión es más un problema de estilo y pudor que otra cosa, sino a que, bajo toda su apariencia de producto a contracorriente, la película esconde moralinas simplonas y conservadoras muy similares a las de cualquier largometraje de la Disney.

Es en este contexto donde el tratamiento de algunos personajes, como las amigas de la protagonista, se torna superficial y maniqueo, y también donde la historia de amor de Irina con su jefe, un patibulario Miki Manojlovic (actor a reivindicar), patina porque pierde toda la intensidad de su arriesgado planteamiento en favor de un desarrollo de lo más convencional. Bien es cierto que esta carencia de aristas aproxima todavía más la historia al tono rotundo de los cuentos de hadas clásicos, lo cual no está ni bien ni mal si se asume el paralelismo hasta sus últimas consecuencias, como hizo Guillermo del Toro en El Laberinto del Fauno. Por desgracia, el film de Garbarsky carece de la la frescura de la obra del mexicano, pues desde un principio todo huele a formula prediseñada para epatar. A este respecto, puede decirse que, siempre y cuando el espectador se deje llevar, Irina Palm cumple con sus objetivos. Ahora bien, del mismo modo habría que puntualizar que el mérito no se encuentra tanto en el trabajo de Garbarski como, repito, en la voracidad interpretativa de Marianne Faithfull, quien, independientemente del número de pajas que haga en la ficción, jamás podrá igualar en intensidad a la que tuvo a bien hacerse el jurado de la Berlinale al denegarle el premio a la mejor actriz. Eso, y el impacto inicial de los primeros minutos, es todo por lo que recordaremos este título dentro de unos años.

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