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Etiquetas:   Con el telar a cuestas   -   Sección:   Opinión

La amoral o inmoral Maribel

Ángel Sáez
Ángel Sáez
sábado, 22 de diciembre de 2007, 00:47 h (CET)
(UNA VIRTUOSA DE LOS JUEGOS MALABARES O DEL “MAL A MARES”)

Mi dilecto amigo Dominico se divorció, hace cuatro años, de su primera cónyuge, Maribel, alias Luzbel. Tras casarse, hace tres, con su actual consorte, Maripaz, recibió el mayor varapalo de su vida al escuchar de boca de su andrólogo/sexólogo/urólogo que era estéril (mas no sobrevenido, sino de nacimiento). Salió de la consulta del susodicho como alma que lleva el diablo y acudió como una centella al despacho de su abogado con el claro y exclusivo propósito de redactar y presentar en el juzgado más próximo una demanda por daños morales contra su embelecadora ex esposa.

Hace algún tiempo, un juez de Primera Instancia le concedió una indemnización de 5.000 euros. Ahora Dominico está a la espera de lo que resuelva la Audiencia provincial (de donde sea; poco importa el nombre de la misma, pues lo que aquí se cuenta es invención del propio autor o abajo firmante; ergo, urdiré lo consabido, que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia).

No sé qué pensará usted, desocupado lector, al respecto, pero tengo para mí (y lo creo a pies juntillas) que mi amigo del alma hizo bien y aun lo cabal y correcto al reclamarle a su apócrifa (insisto) ex mujer 22.000 euros (¡qué menos que mil por año de engaño!) del ala, tras haberle atribuido (cuando no había los medios de averiguación que, gracias a Dios, disponemos hoy) ella a él, hace dos décadas largas, ser la causa de que se quedara encinta, que devino motivo de sus imprevistas y forzadas nupcias con ella y hasta de su urgente asistencia al alumbramiento (que no miento) de Nuria, la hija de ella y de sólo Dios sabe quién. Acabo de trenzar lo anterior por esta sola razón de peso, porque, ante la pregunta de “¿quién es, entonces, el padre?”, que le formuló durante el juicio el fiscal del caso a la antaño promiscua Maribel, ésta le respondió tres cuartas partes de lo mismo que otrora contestó el general Ros de Olano a una pregunta que le hicieron en otro sentido, y que había aprendido o asimilado de quien así se lo había enseñado y hasta hace un par de meses era su amante provisional, otro “tontolaba” o chiquilicuatre de tres al cuarto: “Hace 22 años, sólo podíamos saber a ciencia cierta con quién follaba servidora, la susodicha o la menda, o sea, yo, que ponía el “chichi chachi”, quienes a la sazón no padecían, no, se lo aseguro, de disfunción eréctil, me brindaban o proporcionaban unos indelebles orgasmos encadenados con diversas frecuencias en el bombeo y variopintas posturas en lo tocante al “metisaca” y sus confesores o confidentes y, por supuesto, Dios. Bueno; pues hoy, me temo, sólo está capacitado para contestar con certeza a esa pregunta Dios”. Y la falsa (de toda falsedad) tía se quedó tan campante, más ancha que larga, oiga (o, mejor, lea).

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Banalización

Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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