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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

El entusiasmo europeista

Francisco Arias Solís
Redacción
viernes, 21 de diciembre de 2007, 03:41 h (CET)
“España, Prometeo
de Europa, encadenada
al Pirineo.”


Max Aub

No es que la princesa Europa fuera raptada por el negro toro ibérico. Hay que dar la vuelta a la mitología para comprender que Europa ha seducido a los españoles.

La cosa viene de largo. La vida colectiva española ha sido excéntrica a los sucesos centrales europeos desde por lo menos el siglo XVIII. Los más críticos pensaban que siempre fue así. Los más voluntariosos consideraban que habíamos tenido los españoles algunos momentos de acercamiento al pálpito europeo. Pero si puedo escribir de esa forma tan distanciada es porque en nuestros hábitos de lenguaje la palabra “Europa” se reserva a “ellos”. Los europeos son los otros, son más y superiores. Acercarnos a Europa ha sido la obsesión secular de los españoles, como si la Península fuera efectivamente una balsa de piedra, al decir de Saramago. No se cae fácilmente en la cuenta que desde que Europa lo es, España es parte de ese primer concepto. No importa, el complejo de inferioridad y de lejanía se halla alojado en nuestro consciente colectivo.

Con estas pulsaciones de la “intrahistoria”, es lógico que se vieran los primeros escarceos para acceder al Mercado Común como una tabla para náufragos. Hablo de hace casi cincuenta años. Entonces el “europeísmo” tenía, además, el significado de oposición al franquismo. Era por tanto de izquierdas. Aunque parezca extraño, esa asociación latente ha seguido funcionando hasta hoy mismo. No en vano la definitiva incorporación a la Comunidad Europea se hace bajo la égida socialista.

Las actitudes de estos últimos años en favor de la Comunidad Europea son, primero, entusiastas. Mejor dicho, lo característico de la opinión española ha sido una mezcla de entusiasmo europeísta y desinformación respecto a lo que sucedía allende los Pirineos. Por lo demás, la creencia de que una hipotética Unión Europea fuera a sustituir los tradicionales símbolos de soberanía (pasaporte, moneda, etc.) ha sido muy liviana entre nosotros. Eso de “ser ciudadano de Europa” es un deseo, que apenas contagiaba en España a una minoría de la izquierda.

Unos pocos años después de nuestra integración en la Comunidad Europea empezaron a surgir ciertos problemas. Los juegos políticos son muchas veces de “suma cero”, es decir, uno gana y otro pierde, como en las competiciones deportivas. La coyuntura económica adversa de los últimos años nos ha hecho ver que los ásperos españoles hemos sido seducidos por la hermosa Europa. La Comunidad Europea nos trae benéficas subvenciones, pero también extrañas imposiciones que nos cuestan mucho dinero. Da la impresión de que los foráneos van a ganar más que nosotros con las nuevas reglas del juego. Es decir, España se convierte en un fabuloso mercado de ávidos consumidores.

No estoy dando mi opinión personal, sino la impresión que se deriva de los datos de las encuestas. Hemos pasado rápidamente del entusiasmo a la cautela. Hablo de un promedio, como es natural. El entusiasmo europeísta continúa pero reducido ahora a una minoría. La mayoría no es que sea hostil a la unidad europea, sino que permanece a la espera entre la indiferencia y la desinformación.

Los españoles tenemos demasiado reciente la construcción del Estado de las autonomías, que ha supuesto una gigantesca nueva burocracia en las comunidades autónomas, sin haber disminuido sensiblemente la del Estado central. Es decir, su construcción ha resultado demasiado cara. Es lógico que muchos teman que el experimento del hipotético Estado europeo sea mucho más caro. Será más burocracia supraestatal sin que disminuya la nacional. ¿Quién pagará todo esto?

La opinión de los españoles se ha hecho cautelosa, cuando no amarga respecto a las esperanzas que suscita la Unión Europea. Es más que nada una actitud crítica y desilusionada respecto a las esperanzas frustradas.

Durante muchos lustros el europeísmo era uncirse al tren de la media docena de países de corte democrático y de economía compleja. Es lógico que funcionara el estímulo de ese espacio europeo donde había enraizado la convivencia democrática y el estado de bienestar. Pero hoy lo que llamamos Unión Europea camina hacia el reconocimiento de al menos una treintena de países. Curiosamente, España será más Europa, pero será otra Europa. Y es que, como dijo el poeta: “¡Ay! Sea por lo que sea, / lo que es lo que es / aunque ninguno lo crea”.

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