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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

El sentido de la Navidad

Roberto Esteban Duque
Redacción
viernes, 21 de diciembre de 2007, 03:41 h (CET)
La pregunta por el sentido de la Navidad en nuestros días es inteligible únicamente desde un cuestionamiento previo antropológico y ético, a la luz del hombre que aspiro a ser y la vida que llevo. No puedo llevar una vida con sentido si no es la vida que contribuye a mi bien. Tampoco si no soy yo quien la vive, o adolece de incoherencia por las contradicciones en que se ve sumergida. Asimismo, no parece posible la bondad de la vida sin el reconocimiento y la promoción de los demás. Es decir, el hombre que aspiro a ser y la vida que quiero llevar está vinculada a tareas comunes, al reconocimiento práctico de los demás.

La Navidad en nuestra sociedad es fruto de una determinada concepción de hombre, así como de la naturaleza de sus acciones personales. El hombre de la España actual es un hombre indiferente a Dios. Aunque haya muchos católicos, España no es una nación católica. En la práctica, se vive como si Dios no existiese. De este modo, se insinúa ya que la Navidad sólo afecta provisionalmente al hombre, en su periferia, en su mayor apertura a los demás, pero sin alcanzar la grandeza agónica y atormentada de Unamuno cuando suplicaba a Dios volverle “a la edad bendita de la infancia en que vivir es soñar”, recordando así que para llegar a Él sólo puede hacerse de dos maneras: “o siendo niño o agachándose mucho”, en feliz expresión de Martín Descalzo. El hombre de la sociedad española, lejos de trascender la cultura y una siempre frágil convivencia, no muestra porosidad ante el asombro de lo divino que penetra en lo humano para que el hombre pueda alcanzar la salvación personal y la santidad. El sentido de la Navidad manifiesta así un hombre secularizado, sin apenas nostalgia de Dios, demasiado resentido dentro de un sector importante de la cultura progresista, viviendo al margen de la iglesia institucional, sin preocuparse lo más mínimo por lo que ésta piensa, dice o hace, exceptuando momentos coyunturales. Existe todavía un pasado mal asimilado, una barrera infranqueable para un verdadero diálogo entre el Estado y la Iglesia.

El hombre secularizado es también el hombre del consumo, el hombre del “panem et circensis”, producto en buena medida de potentes y agresivas campañas publicitarias. Asistimos indefensos a una sobreabundancia de estímulos y de imágenes excitadoras que estrangulan el diálogo y la vida interior, el reposo y la contemplación, el asombro, el conocimiento y la adoración. Es un hecho social y cultural la invitación al consumo, a mostrar un mercado de bienes y un catálogo de posibles felicidades humanas, cifradas en la exaltación de los placeres cotidianos: alimentos refinados, ropas lujosas, absolutización del cuerpo, imposición de modas.

Toda esta ingeniería social lleva, como es lógico, a un hombre cuyas acciones no emergen del Misterio, ni de una vida trascendente ni sagrada, ni mucho menos religiosa. El hombre del siglo XXI es el hombre de la utilidad y la eficacia; alguien despersonalizado que se complace en el anonimato de relaciones furtivas y que ve en el otro un medio para incrementar sus propias rentas, pero extrañamente no logra descubrir en él un prójimo, alguien capaz de compadecerse y de amar.

El sentido de la Navidad en nuestros días no puede desplazar, sin embargo, la verdad del hombre, su vocación y destino que le es revelado en el Misterio que se celebra. El hombre del siglo XXI será incapaz de soportar el vacío de una vida sin Dios, sin un amor que le redima (según enseña Benedicto XVI en la encíclica spe salvi), un amor incondicionado que es respuesta a un amor primero, donado en la venida del Hijo de Dios al mundo. El hombre no espera cualquier cosa, sino salvación y paz, una vida feliz que sólo Dios puede otorgar. La idea de adjudicar un objeto a la vida humana no puede existir sino en función de un sistema religioso, de una comunicación y ordenación libre del hombre a Dios. La mejora del hombre, soslayando cualquier engaño secular, sólo está en entrar en comunión con Aquél que se revela como la explicación última del propio hombre. De esta manera, el sentido de la Navidad en nuestros días consiste básicamente en saber si el hombre es capaz de dejar o no entrar en su vida al Dios manifestado en Jesucristo.

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