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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

La Brújula Dorada no necesita a Dios

Alicia Martinez (Madrid)
Alicia Martínez
viernes, 21 de diciembre de 2007, 03:41 h (CET)
El Universo que conocemos se compone básicamente de materia oscura. Las millonarias galaxias conforman sólo un diminutivo punto de luz. Aún estamos en mantillas respecto de la grandiosidad del Cosmos. Nuestro Universo, seguramente, forma parte de una red desconocida que, un día, llevará al hombre -si como especie no se ha extinguido- a conocer los inimaginables Multi-universos que explicarán la singularidad de todo.

La trilogía de Philip Pullman “La Materia Oscura”, del que La Brújula Dorada, es el primer libro- llevado al cine con pretensiones misteriosas de ciencia-ficción, cuando encierra verdades como puños, fruto del conocimiento que los humanos del siglo XXI poseemos -, viene a explicar que la enfermiza idea de Dios sólo ha servido para construir un mundo de iglesias inamovibles y solapadas que irremediablemente lo han envenenado, muy lejos de aquel “El Mundo Féliz” de Aldous Huxley.

Las religiones han redactado sus propias listas para controlar a los hombres. Así, han hecho de lo correcto algo incorrecto o erróneo y han tergiversado la ética universal de nuestros cerebros evolucionados en convivencia, por dogmas y mandamientos que pudren definitivamente nuestra solidaridad.

El silencio de Dios es la prueba irrefutable de su no existencia. El silencio de los hombres es la vara de medir su tiempo, por ello, en los libros, que no en los dogmas, se encerrará algún día la verdad que tanto necesitamos. Leamos, leamos, dejémonos de las ignorancias bíblicas o coránicas y así nos encontraremos todos mucho mejor.

Las iglesias, cualquiera que fuera su tiempo o condición, exclusivamente nos han conducido al pozo oscuro del bien y del mal. Han separado a los hombres entre lo terrenal y lo espiritual, dando al traste de su verdadera condición forjada en las estrellas miles y miles de años atrás.

Somos, los humanos, polvo cósmico sin mácula ni pecado. La aberración pecadora surge sólo, malévolamente, en las mentes de los que idearon a un Dios futurible, haciendo de la religión el instrumento más perniciosos con el que hombre alguno se puede enfrentar.

Ojala, la inventada historia del Génesis, con Adán y Eva a la palestra, fuera un cuento de hadas. Al menos, nos serviría para sonreír plácidamente en un atisbo de felicidad. El Génesis, Adán y Eva y otras malas elucubraciones cerebrales, no sirven ni para formar parte del complejo entramado de los números y las raíces cuadradas que los humanos necesitamos para nuestra relación.

Las iglesias utilizan sus medios y modos oficiales para hipotecar la milenaria ignorancia de los que vivimos, pero son tan abyectas que tienen hasta sus planes B, quiérese decir, que si no convencen fuerzan el convencimiento a través de la sinrazón, la opresión, la Muerte, el terror y otras actitudes tan perversas como su propio origen. Son los verdaderos terroristas de esa felicidad que el humano apremia para extinguirse en paz.

Las iglesias, también fuerzan, violan, pisotean, asesinan premeditadamente la ley natural de los hombres. El placer, en general - ese obsequio que el Polvo Cósmico nos ha materializado- hasta nos lo quieren quitar. Que se sepa, todo ser que no sea hedonista y placentero, será siempre algo turbio y turbulento como antaño fueron los dioses.

¿Quo Vadis Polvo Cósmico? Y les responde el espíritu del Polvo: “a extinguir las iglesias para que los hombres pasen definitivamente a la Luz”.

Queridos lectores, apreciados ciudadanos de un mundo libre, ahora sí podréis ver con inteligencia la película La Brújula Dorada. Lo demás son necedades de Benedicto XVI y de los otros dirigentes de las iglesias ortodoxas, judías, islámicas, etc., etc.

En nuestro libro “Si Dios no existe…”, justificamos razonadamente la pautas para ser mas felices en un mundo sin Dios, pero sabiendo que existen otros mundos mas allá de las estrellas.

Y así hemos escrito. Amén. Dixit. O sea.

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