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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

Son tan genocidas como Hitler, pero presumen de demócratas

Miguel Massanet
Miguel Massanet
viernes, 21 de diciembre de 2007, 03:30 h (CET)
Cualquiera que tenga unas mínimas nociones de derecho sabe que “las leyes están hechas para ser cumplidas” porque, en caso contrario, quiero que me digan: ¿qué utilidad tendrían? Sin embargo, en esta desquiciada nación en la que nos ha tocado vivir, parece que los hay que están convencidos de lo contrario; existen ciudadanos que preferirían que las leyes se adaptaran a sus propias conveniencias o, lo que viene a ser lo mismo, que no existieran las normas y que cada cual actuara según le dictara su libre albedrío. Hay que decir que unos de los que siempre han sido defensores de este sistema anárquico han sido los de la divine gauche. Esta amalgama de progresismo, antisistemas, ocupas, faranduleros y seudointelectuales son verdaderos expertos en hacerse las leyes a su propia medida y, cuando han conseguido promulgarlas, obligar a acatarlas a todo quisque aunque, para ello, deban utilizar los medios más extremos. ¡Ah, amigo!, pero cuando se trata de cumplir aquellas normas que no les favorecen o que se les han vuelto incómodas o han dejado de serles útiles, entonces, señores, no tienen el menor reparo en dejarlas de lado (vean el caso de la Ley de Partidos y del Acuerdo sobre las Libertades) o incumplirlas sin el menor escrúpulo (Estatut catalán y Ley de Educación de la Ciudadanía, ambas contrarias a la Constitución de 1978) o a intentar cambiarlas para adaptarlas a sus conveniencias de cada momento.

Parece ser que, con el tema de las clínicas abortistas catalanas (Catalunya lleva, de un tiempo a esta parte, siendo el paraíso de todo tipo de delincuencia, desde la más hortera a la de guante blanco), se ha soliviantado todo el feminismo radical y, por si fuera poco toda la parafernalia del “progresismo ilustrado” y digo ilustrado en referencia al movimiento racionalista del siglo XVIII que se denominó a sí mismo “la ilustración” y que fue precursor de la Revolución Francesa. Esta izquierdona que padecemos tiene las infulas sectarias de aquellos que se proclamaron líderes del progresismo y que pretendieron cambiar el antiguo sistema absolutista por uno nuevo basado en la razón. Como siempre ha ocurrido con estos “iluminados” su radicalismo acabó inundando a Francia de una ola de sangre en la que perecieron tanto nobles como plebeyos, víctimas de la sed insaciable de venganza de los jacobinos. No conformes con que la Justicia haya intervenido en una sucia red de médicos abortistas que, al parecer y según apuntan todas las pruebas que maneja la policía, cometían, impunemente, abortos ilegales, saltándose la Ley a la torera y utilizando los más sórdidos métodos para el asesinato

– no se lo puede calificar de otra manera – de inocentes criaturas; utilizando, para cubrirse las espaldas informes de psicólogos que, sin el menor escrúpulo, colaboraban en tan siniestra ocupación.

Debemos partir del hecho cierto de que el TC sólo aceptó tres excepciones a la prohibición de la práctica del aborto en España. El embarazo causado por una violación; la malformación del feto y, por último, el caso de grave peligro para la vida, la salud física psíquica de la mujer embarazada. Como era de esperar, el gran coladero que encontraron los infractores de la ley fue este último supuesto, que permitía que médicos sin miramientos, mujeres descastadas o asustadas ante la perspectiva de tener que asumir las consecuencias de sus actos o, aquellas, carentes de conciencia y de instinto maternal a quienes no les importaba sacrificar la vida de su hijo en aras de su propia comodidad; hicieran de su capa un sayo y abortaran, fuera cual fuera el estado del feto. No obstante, si bien es cierto que siempre los hay que incumplen las leyes y que, para ello, existen los fiscales y los Tribunales de Justicia encargados de perseguir a los delincuentes y hacerles pagar pos su delitos; vean ustedes por donde, estos defensores de la libertad de la mujer, aquellas feministas que vociferaban “ nosotras somos las que parimos y por ello tenemos derecho a decidir sobre la continuidad o no del embarazo” y toda esta progresía representada por la Cristina Almeida y su corte de seguidores, han salido en defensa de los abortistas y del libre derecho de la mujer a disponer como le de la gana de su cuerpo. También, el reconocido corporativismo de la clase médica, parece que se está moviendo y hay clínicas abortistas que amenazan con parar alegando que se las está mirando “con lupa”. Si por mi fuera no habría mejor bendición para este país que cerraran para siempre y acabaran con su sórdida cadena de asesinatos de inocentes a cuyo lado, el Herodes el Grande, no fue más que un mero “amateur”.

Pero, a todo esto, ¿qué explicación le podemos dar? Existe una ley que protege la vida, que es la apropia Constitución de 1978. Cuando se planteó la cuestión del aborto el TC admitió las tres excepciones citadas, pero mantuvo la penalización para el resto de actividades abortivas. Partiendo de este supuesto, ¿a qué viene tanto movimiento en el gallinero socialista? La ley debe cumplirse y los tribunales tienen la obligación de ocuparse de que se cumpla. Las clínicas que actúen infringiendo la normativa tienen que ser inspeccionadas y los médicos que actuaren en fraude de ley castigados con las penas que correspondan a su delito. ¿O es que hay alguien que se considere por encima de la Ley? Este es el sistema que propugnan los socialistas, o sea, cuando una ley los incomoda, pues se cambia y, ¡ancha es Castilla! Supongo que Zapatero a esto le llamará estar en un Estado de Derecho. Pero, vean ustedes, lo que ha sucedido. Nuestro Presidente que no ve ante sí nada más que las elecciones y la oportunidad de perpetuarse en el gobierno de España, ha pensado que ha llegado el momento de proponer un cambio radical pasando de la prohibición del aborto, con excepciones, a la autorización a abortar siempre que se respeten unos plazos determinados. Si había carnicería ahora ya se pretende que sea un holocausto, un genocidio. Las mujeres convertidas en árbitros, jueces y verdugos de sus hijos. El progresismo en contra de la pena de muerte, ¡no a la ejecución de criminales, violadores, torturadores y terroristas!, pero, estos mismo opositores se convierten, en virtud de la supuesta libertad de la mujer sobre su cuerpo, en defensores de que un embrión –perfectamente conformado para llegar a ser un niño capaz de llegar a nacer y con derecho, como cualquier otra persona, a vivir su vida y gozarla – sea masacrado impunemente, sin derecho a defenderse y a protestar por la gran injusticia a la que se le somete. ¡La ley del embudo! Un tribunal para un criminal, derechos humanos para un violador, beneficios penales para un terrorista, pero, ¡atentos!, ningún derecho, ninguna defensa, ninguna compasión para la criatura que fue concebida por una madre que antepone su egoísmo a la vida de su hijo. ¡Menudo país este en el que vivimos!

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