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Etiquetas:   Con el telar a cuestas   -   Sección:   Opinión

Se perdona mientras sea matina, perdón, se ama, Tina

Ángel Sáez
Ángel Sáez
jueves, 20 de diciembre de 2007, 03:34 h (CET)
Quien sigue desde hace algún tiempo mi trayectoria literaria, quiero decir, lee asiduamente lo que tiene a bien trenzar servidor, no desconoce que el susodicho tiene la sana costumbre o ubérrimo hábito de dejar todas las noches, antes de acostarse y leer, decúbito supino en la cama, un número indeterminado de páginas (por lo general, entre diez y treinta; aunque no puede negar que, extraordinariamente, hay noches que lee tres, y otras, cien), encima de su escritorio, un folio en blanco, por si a Ezequiel, su ángel profético, le da por gravitar alrededor de la capital de la ribera ibera de Navarra y dejarse caer por su casa, cosa que suele hacer con una desconcertante puntualidad.

Bueno; pues hoy, nada más levantarme, me he encontrado con un texto, dividido en dos párrafos (el primero lleva la firma de Tina Álvarez y el segundo la de Félix Unamuno):

“Como una estrella fugaz; así ha sido nuestro encuentro, el de los dos eviternos amigos. Eso decíamos, al menos, que éramos, pues estábamos empezando a construir una amistad sincera, verdadera, que deseábamos, como íngrimo anhelo, que nos encontrara siempre hermanados en el futuro. Por una torpeza mía (que no me perdono, pero que fue urdida sin maldad), quise escribir una cosa y salió otra, te ofendí gratuita y gravemente; y este jumelage nuestro, que acababa de echar a andar, se quebró (¿se rompió, Ángel, definitivamente?) o quedó en agua de borrajas o cerrajas. Me duele mucho, porque te sigo admirando y te sigo queriendo; y nada de cuanto me digas o escribas va a cambiar eso. Yo sé que has sufrido mucho; yo, Ángel, puedes creerme, también, pero no es excusa para hacerte daño a sabiendas, porque lo que sí quiero que tengas claro es que, si tal hecho ha sucedido, ha sido sin querer. No me gustaría ser yo la que te hiciera sufrir aún más de la cuenta. Sólo te abrazo (si me permites) y te pido perdón por la ofensa que te hice. Ésta, que es la menda, es lo suficientemente zafia como para hacer cosas sin pensar, pero, tenlo, asimismo, por cierto y presente, sin un ápice de voluntariedad en la maldad; y puedes estar seguro de que te respeto y acepto tu decisión, sea la que sea. Te estoy muy, pero que muy agradecida, por todo lo bueno que me diste, tus enseñanzas y tu corazón. Así que, a pesar de la distancia, a mi querido “ángel” le mando, repleta y con forma de corazón, mi cajita de abrazos cálidos, de efectos benéficos, prodigiosos”.

“Fíjate si te amaba (y amo), Tina, que firmé contigo (con nadie antes, desde que me nació la vocación o tengo conciencia y hábitos de escritor, lo había hecho) uno de nuestros textos (espero que urdamos muchos otros); fíjate si te amaba, que pensé que podríamos ennoviarnos y hasta casarnos (siempre que nos compenetráramos, claro). Quiero decirte que tienes una voz preciosa; y que el otro día me pillaste profunda, extensa e intensamente cabreado, muy enfadado. Debí decirte lo de tu timbre de voz entonces (parecía el de una fémina más joven, de veras), pero ¡si ni siquiera lograba transmitirte mis ideas de lo molesto que andaba! Creía haberme comportado de manera generosa y (exceptuando el episodio de marras) leal contigo y me pagabas con la misma o idéntica moneda, arrobas de desconfianza, que me había devuelto la persona con la que pensaba estar viviendo mi Amor, pero que, a la postre, devino una surtida colección de timos, previamente a que tomara carta de naturaleza, fondo y forma el que siento por ti; persona (mejor, demonio), itero, que aún sigue largando por ahí y dejando constancia de que no existes, como tampoco Jesús, otro de mis escoliastas, primo segundo o tercero (mi padre y su abuelo eran primos carnales o primos hermanos, dicen otros) mío. Puede sonar raro y hasta absurdo, pero yo ya había hecho un hipotético viaje a la República Oriental del Uruguay (de manera virtual, por supuesto) para conocerte, y me habías gustado un montón, quedando servidor encantado. Permíteme que discrepe contigo, Tina. Tal vez nació entre nosotros una relación de amistad cuando me llamaste la primera vez por teléfono, pero yo ya te veía como mi más que probable y futura compañera (y en más de un sentido). Escríbeme qué es lo que quisiste decirme. Y perdónate a ti misma, porque yo ya lo hice (y es que se perdona mientras se ama). Yo también cometí otra gran torpeza, quizá peor que la tuya, pues incluso tenía trazas o visos de traición, y me perdonaste ipso facto. Yo también te sigo admirando, ésa es una parte importante o uno de los resplandores más reverberantes del verdadero Amor. Me puedes dar todos los abrazos que quieras (preferiría que fueran reales, pero, entre los virtuales, se pueden hallar algunos casi tan reales como los tales y acaso hasta más auténticos); sobre todo, por esta razón de peso, porque a ratos los echo de menos o extraño, porque noto que los necesito. Creo que, entre tus palabras y las mías, podemos urdir nuestra segunda colaboración. ¿Qué te parece si es ésta?”.

Tina Álvarez y Félix Unamuno

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